Hay que dejar una ventana abierta para que entre el amor

Hay que dejar una ventana abierta para que entre el amor

“… una antorcha brillante y una ventana en la noche
para que el cálido Amor penetre.”
Oda a psique, John Keats.

Por @Profepson | Las ventanas, como los ojos –que según dicen, son los espejos del alma– están profundamente ligadas al amor. Hay quienes aconsejan dejar siempre una ventana abierta para que entre el amor. Quizá parezca increíble que algo habitual y simple como una ventana resulte tan importante para las relaciones amorosas. Sin embargo, tanto la literatura como el arte –el cine, por ejemplo– parecen confirmar esta idea, de ahí que debamos, tal como nos lo cuentan las historias, dejar las ventanas abiertas para que pueda entrar el amor. No hace falta que las abramos todas, basta con abrir al menos una.

Apuleyo, escritor romano del siglo II d.C., nos cuenta en El asno de oro (también conocido como la Metamorfosis), que al visitar a su amada esposa Psique, Eros, el dios del amor, usaba una ventana. Es posible que a partir de este mito se haya originado la idea tradicional de relacionar las ventanas con los amantes.

Aun sin el mito, lo cierto es que consciente o inconsciente, tanto escritores como pintores, músicos y cineastas han escogido esa escena tan particular ante la ventana para representar al fenómeno amoroso de dos enamorados jurándose lealtad. De hecho, la imagen de una ventana vive cotidianamente en nuestro hacer: el software Windows, las pantallas de los televisores y ahora, más recientemente, de los celulares, una casa con vista, la ventanilla del bus o del avión. Todas, por mínimas que parezcan, entrañan cierta extraña y vital importancia. Existe, quizá, un placer implícito en la oportunidad de ver a través de la ventana. ¿No dijimos ya que los ojos son las ventanas del alma?

Para comprobar la participación de las ventanas en la historia del arte no hace falta más que una simple, muy simple, revisión. Roberto Carlos, Laura Pausini, Yuri, Melendi y la venezolana Karina, les cantaron a las ventanas como el espacio idílico del romance.

El poeta John Keats, en su Oda a Psique, le dedica la más sublime imagen romántica a la diosa en un furtivo y onírico encuentro con el dios Eros, profetizando, casi, la primacía futura de la psicología y del psicoanálisis.

Williams Shakespeare halla en la ventana el lugar preciso para que Romeo cante sus mejores versos de amor a Julieta. Cyrano de Bergerac recitó sus enmascaradas palabras de amor a la bella Roxane justo en el frente de una ventana. Las serenatas, típicas expresiones amorosas del folclor mexicano, ocupan como escenario ideal la portada de un ventanal o balcón para desplegar el show musical. Las series de televisión y las películas de cine están repletas de escenas en las que el enamorado visita a su enamorada trepando hasta la ventana. ¿Y qué decir de las novelas caballerescas o de las pinturas renacentistas, en que las ventanas siempre están de fondo?

En la cultura pop, propia de Hollywood, son verdaderamente abundantes los encuentros amorosos en ventanas. En la saga Crepúsculo, original de Stephenie Meyer Edward Cullen visita a Bella Swan entrando en todo momento por la ventana de su habitación.

Así también, en esa versión moderna de la cenicienta que es Mujer bonita, la protagonista, Vivian –perfecto ejemplo de la princesa icónica de los cuentos de hadas– logra ser rescatada por su héroe –el tradicional príncipe azul–, Edward Lois, desde lo alto de la ventana de su departamento. Puede que tales apariciones de los amantes a través de una ventana tengan una gran influencia enraizada en el film Desayuno en Tiffany’s, primera gran comedia-romántica del cine.

Dirigida por Blake Edwards y protagonizada por George Peppard y Audrey Hepburrn, Desayuno en Tiffany´s (1961), es una adaptación bastante audaz de la novela homónima de Truman Capote. La cita (que si bien resulta un capítulo aparte de la cultura pop del siglo XX, por su argumento, su música y su dirección de arte) es también un pilar fundamental del paradigma canónico dominante que ejemplifica cómo funcionan las historias de amor. Aún sin haberla visto, nadie podría negar su influencia en películas –o novelas- sucesoras. Y esto, en gran medida, tiene que ver con la maestría con la que la historia aborda mitologemas grecolatinos como el del Eros y Psique.

Incluso, los cuentos infantiles, que tanto ha popularizado hizo Disney –pienso en Rapunzel, Blanca Nieves, La bella durmiente, etc– dependen directamente del mito amoroso narrado en El asno de oro de Apuleyo. La idea de que una princesa hermosa y pura, como la mortal Psique, se convierta en objeto de envidia y odio por una madrastra o reina mala, como pasa con Afrodita, y que un príncipe la rescate y la salve por amor, como lo hace Eros, responde a una herencia, a una genética, antigua y mitológica propia de la picaresca del siglo II d.C.

Pero igual podríamos citar otros ejemplos: la manera en que la mayoría de los súper héroes –originales de DC comics o Marvel– como Spiderman o Superman visitan a sus enamoradas gracias, siempre, a las ventanas. O muchos de los héroes de acción, que por lo general irrumpen en una ventana para salvar a sus víctimas amorosas de los antagonistas malhechores.

Yendo aún más allá, en filmes de suspenso o terror, las ventanas juegan siempre un papel primordial, bien sea como vía de escape o como vinculo comunicativo entre los personajes. De este modo, las ventanas se convierten en figuras esenciales en la narración en obras como la de Alfred Hitchcock –veamos La ventana indiscreta, Vértigo, o The Birds, por mencionar algunas–.

Singularmente, al momento de hablar de ventanas, es probable que exista una relación entre el cine de terror y suspenso, y la tradición literaria medieval o decimonónica. Lo vemos por ejemplo con novelas como Drácula de Bram Stoker o Frankenstein de Mary Shelly. Pensemos, además, en aquellas famosísimas series de televisión como Friends o Sex and the city, y en cómo en ellas las ventanas ayudan a introducir más de una historia de amor en el marco de ese entrañable rompecabezas que es la comedia.

Por supuesto que aún queda mucha tela que cortar a propósito de las participaciones de las ventanas, no sólo en nuestra actualidad sino también en toda la historia del arte que nos antecede. Sin embargo, la tinta y el papel tienen sus limitaciones, y escribir con mayor profundidad sobre este tema puede llevarnos varios volúmenes de libros enteros. Acá apenas tratamos de lanzar el anzuelo mostrar algunos ejemplos, y que cada quien luego pueda pescar sus propias muestras de amor ventanal, bases nuevas sin dudas para una más amplia argumentación posterior.

Cerramos este texto invitándolos a investigar, y a nutrir con sus propios modelos y experiencias esta conversación sobre las ventanas y el amor. No lo olviden, aun si no los convencimos y no nos creen, recuerden dejar siempre una ventanilla, aunque sea pequeñita, para que pueda entrar el amor.

Foto: Shutterstock

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