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La guerra de Invierno: Cómo una pequeña nación humilló al gigante soviético

Por Crónicas de Ares | Apenas comenzaba la Segunda Guerra Mundial, un conflicto derivado y paralelo enfrentaba a dos fuerzas descomunalmente desiguales. Bajo la idea de recuperar territorios pertenecientes al antiguo imperio ruso, Finlandia resistió estoicamente más de tres meses el acoso de la Unión Soviética de Stalin y logró conservar su independencia. Una guerra que mostró como en la ecuación entre el peso bruto de la fuerza del invasor y la motivación del que resiste luchando por su país y por sus propias familias, lo segundo puede compensar durante mucho más de lo que cabría esperar un salvaje desequilibrio de fuerzas.

Hasta principios del siglo XIX, lo que territorialmente hoy representa Finlandia constituía la parte oriental del Reino de Suecia. En 1809, para proteger su capital, San Petersburgo, el Imperio ruso conquistó Finlandia y la convirtió en un estado colchón autónomo.

El Gran Ducado de Finlandia resultante disfrutó de una amplia autonomía dentro del Imperio hasta finales del siglo XIX, cuando Rusia comenzó a intentar asimilar a Finlandia como parte de una política general para fortalecer el gobierno central y unificar el Imperio mediante la rusificación. Estos intentos fueron abortados debido a la lucha interna de Rusia, pero arruinaron las relaciones de Rusia con los finlandeses y aumentaron el apoyo a los movimientos finlandeses de autodeterminación.

La Primera Guerra Mundial condujo al colapso del Imperio ruso durante la Revolución rusa de 1917 y la Guerra civil rusa de 1917-1920, lo que le dio a Finlandia una oportunidad; el 6 de diciembre de 1917, el Senado de Finlandia declaró la independencia de la nación.

Los bolcheviques determinaron que no podían aferrarse a partes periféricas del viejo imperio. Así, la Rusia soviética (más tarde la URSS) reconoció al nuevo Gobierno finlandés solo tres semanas después de la declaración. Finlandia alcanzó la soberanía plena en mayo de 1918 después de una guerra civil de cuatro meses, con los blancos conservadores derrotando a los rojos socialistas y la expulsión de las tropas bolcheviques.

En 1918 y 1919, los voluntarios finlandeses llevaron a cabo dos incursiones militares infructuosas a través de la frontera soviética, las expediciones Viena y Aunus, para anexar áreas de Carelia según la ideología de la Gran Finlandia de combinar a todos los pueblos finlandeses en un solo estado.

Finlandia se unió a la Liga de las Naciones en 1920, de la que buscó garantías de seguridad, pero el objetivo principal de Finlandia era la cooperación con los países escandinavos. El 14 de octubre de 1920, Finlandia y la Rusia soviética firmaron el Tratado de Tartu, confirmando la antigua frontera entre el Gran Ducado autónomo de Finlandia y la Rusia imperial propiamente dicha como la nueva frontera entre Finlandia y la Unión Soviética. Sin embargo, las relaciones permanecían turbias.

En 1932, la Unión Soviética y Finlandia firmaron un pacto de no agresión, que se reafirmó por un período de diez años en 1934. Sin embargo, Stalin pensaba que el movimiento pro Finlandia en Carelia representaba una amenaza directa para Leningrado y que el área y las defensas de Finlandia podrían usarse para invadir la Unión Soviética o restringir los movimientos de la flota.

Cuando Stalin ganó el poder absoluto a través de la Gran Purga de 1938, la Unión Soviética cambió su política exterior hacia Finlandia y comenzó a perseguir la reconquista de las provincias del Imperio ruso perdidas durante el caos de la Revolución de Octubre y la Guerra civil rusa casi dos décadas antes.

En abril de 1938, el agente del NKVD, Borís Yártsev, contactó al Ministro de Asuntos Exteriores finlandés Rudolf Holsti y al Primer Ministro Aimo Cajander, declarando que la Unión Soviética no confiaba en Alemania, que se había rearmado y ya estaba tomando territorios con el gobierno de Hitler y que la guerra se consideraba posible entre los dos países. El Ejército Rojo no esperaría pasivamente detrás de la frontera, sino que «avanzaría para encontrarse con el enemigo». Los representantes finlandeses aseguraron a Yártsev que Finlandia estaba comprometida con una política de neutralidad y que el país resistiría cualquier incursión armada.

La Unión Soviética y la Alemania nazi firmaron el Pacto Ribbentrop-Mólotov en agosto de 1939. El pacto era nominalmente un tratado de no agresión, pero incluía un protocolo secreto en el que los países de Europa del Este se dividían en esferas de interés. Finlandia cayó en la esfera soviética. El 1 de septiembre de 1939, Alemania comenzó su invasión de Polonia y dos días después Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. El 17 de septiembre, la Unión Soviética invadió el este de Polonia. Los estados bálticos pronto se vieron obligados a aceptar tratados que permitían a la URSS establecer bases militares y estacionar tropas en su territorio.

En octubre de 1939 comenzaron las negociaciones territoriales y de establecimiento de bases militares entre Finlandia y la URSS. La oferta soviética dividió al gobierno finlandés, pero finalmente fue rechazada con respecto a la opinión del público y el Parlamento. La petición oficial tuvo lugar en agosto. Se exigía al país nórdico el compromiso público de frenar cualquier intento alemán de invasión, y si esta se producía, Helsinki debía solicitar la ayuda del Ejército Rojo, que tendría libre acceso a su territorio y podría construir una base aeronaval en la isla Suursaari para controlar el golfo de Finlandia. La propuesta no solo vulneraba la soberanía finlandesa, sino que ponía en peligro la política de neutralidad a la que tanto se aferraban sus dirigentes.

El 26 de noviembre de 1939, se informó un incidente cerca de la aldea soviética de Mainila, cerca de la frontera con Finlandia. Un puesto de guardia fronterizo soviético había sido bombardeado por una parte desconocida que resultó, según informes soviéticos, en la muerte de cuatro y heridas de nueve guardias fronterizos. La investigación realizada por varios historiadores finlandeses y rusos más tarde concluyó que el bombardeo fue una operación de bandera falsa llevada a cabo desde el lado soviético de la frontera por una unidad del NKVD con el propósito de proporcionar a la Unión Soviética un casus belli y un pretexto para retirarse del pacto no agresivo.

Mólotov afirmó que el incidente fue un ataque de artillería finlandesa y exigió que Finlandia se disculpara por el incidente y moviera sus fuerzas más allá de una línea a 20-25 km de la frontera. ​ Finlandia negó la responsabilidad del ataque, rechazó las demandas y pidió una comisión conjunta finlandesa-soviética para examinar el incidente. A su vez, la Unión Soviética afirmó que la respuesta finlandesa fue hostil, renunció al pacto de no agresión y cortó las relaciones diplomáticas con Finlandia el 28 de noviembre.

El 30 de noviembre de 1939, las fuerzas soviéticas invadieron Finlandia con 21 divisiones, con un total de 450 000 hombres y bombardearon Helsinki, infligiendo daños y bajas sustanciales. En respuesta a las críticas internacionales, el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Viacheslav Mólotov, declaró que la Fuerza Aérea Soviética no estaba bombardeando ciudades finlandesas, sino que estaba enviando ayuda humanitaria a la hambrienta población finlandesa, que los finlandeses llamaron sarcásticamente la «cesta de pan de Mólotov». El estadista finlandés J. K. Paasikivi comentó que el ataque soviético sin una declaración de guerra violó tres pactos separados de no agresión: el Tratado de Tartu firmado en 1920, el pacto de no agresión entre Finlandia y la Unión Soviética firmado en 1932 y nuevamente en 1934, y también el Pacto de la Liga de las Naciones, que la Unión Soviética firmó en 1934. La Liga expulsó a la Unión Soviética el 14 de diciembre de 1939 y exhortó a sus miembros a ayudar a Finlandia.

La desproporción de fuerzas entre Finlandia y la URSS resultaba abrumadora. El coloso comunista (con una población de más de ciento ochenta millones de personas, frente a los escasos cuatro del país atacado) acumuló en la frontera cuatro ejércitos con 30 divisiones, así como seis brigadas acorazadas.

Es decir, cerca de quinientos mil hombres, procedentes en su mayoría de los distritos militares de Ucrania y Leningrado, así como unas reservas infinitas. Dichas divisiones contaban con sus servicios completos y estaban apoyadas por más de dos mil piezas de artillería; unos dos mil vehículos blindados, entre los que destacaban los carros T-26 y BT-7; y 2.318 aviones, entre ellos los cazas Polikarpov I-16 y los bombarderos medios Tupolev SB-2, que tan buenos resultados habían dado en la Guerra Civil española.

Agrupado en nueve divisiones, el ejército finlandés, dirigido por el mariscal Mannerheim, contaba con solo 33.000 hombres, más los 127.800 del Ejército Territorial, los 100.000 de la reserva y otros tantos de la Guardia Cívica, aunque carecía de equipo para todos ellos. Su artillería era escasa, y provenía de los excedentes de la Primera Guerra Mundial. Disponía de unas decenas de obsoletos blindados Renault FT-17 y Vickers Mark E, y su variopinta aviación se reducía a 119 aviones, entre los que destacaba el caza de origen holandés Fokker D.XXI, fabricado bajo licencia. El eficaz cañón antitanque Bofors de 37 mm, que empezaba a llegar desde Suecia, merecía una mención aparte.

Pero el principal as de los nórdicos sería su perfecta adaptación al terreno. Finlandia era un país hendido por millares de lagos, rodeados de frondosos e intransitables bosques de abetos, completamente cubiertos de nieve durante los meses de guerra. Aquel invierno de 1939-1940 se iba a revelar, además, como uno de los más fríos del siglo, con temperaturas que con frecuencia alcanzaron los 30 e incluso los 40 ºC negativos.

El clima ártico limitó al máximo las horas de luz, con los consiguientes problemas para la Aviación y para quienes no conocían el territorio que pisaban. Por el contrario, los finlandeses estaban perfectamente habituados a semejantes circunstancias.

Con sus ligeros y estrechos esquíes de fresno y su uniforme mimético con el entorno, su capacidad para desplazarse parecía no tener límites. Buenos cazadores, su puntería era magnífica. El excelente subfusil Suomi dotaba a sus pelotones de una alta potencia de fuego, mientras que su puñal ligeramente curvado (puukko) marcó muy a menudo la fina línea entre la vida y la muerte.

Pero las operaciones militares no se desarrollaron de forma satisfactoria para el Ejército Rojo, a pesar de su superioridad. Su oficialidad, mal preparada, estaba atenazada por el temor a tomar decisiones equivocadas que provocaran represalias, de modo que se atenía rígidamente a los planes y carecía de iniciativa. La coordinación era nula, y los tanques solían avanzar sin esperar el respaldo de la infantería.

La doctrina militar finlandesa de defensa elástica, en cambio, otorgaba gran capacidad de decisión a los mandos intermedios, que no dudaban en ceder algo de terreno para luego contraatacar. La escasez de sus medios no les permitía llevar a cabo acciones de gran envergadura, y cuando lo hicieron, la feroz defensa soviética les provocó unas bajas difíciles de reponer. De ahí que apostaran, si era posible, por infiltrar pequeñas unidades entre las columnas enemigas que circulaban por las estrechas y congestionadas carreteras finesas. Los nórdicos rompían su continuidad y eliminaban los grupos aislados, a los que denominaban “motti”, pilas de troncos cortados.

Aguardaban ocultos en zanjas heladas a que llegara un tanque ruso. Justo entonces, mientras unos atascaban las ruedas con un tronco, otros corrían jugándoselo todo hacia la máquina inutilizada, metían su rifle por el cañón y las mirillas y disparaban a los soldados que iban en su interior. Era eficaz, pero también muy peligroso: el porcentaje de bajas de los equipos antitanque finlandeses superaba el 70 por ciento. Se movían sigilosos con sus esquíes por el bosque, invisibles con sus uniformes blancos, localizaban una columna soviética, subían a un árbol, identificaban a los oficiales enemigos que se calentaban a la luz de una hoguera y los liquidaban. También inventaron algo cuya procedencia muchos creen equivocadamente rusa, un arma popular tan barata como útil contra los tanques: el cóctel Molotov.

El mundo quedó asombrado ante tan numantina resistencia. El territorio cedido a los atacantes era escaso, aunque las bajas resultaban difíciles de reponer. A ello se sumaba el problema de los refugiados. Miles de civiles tuvieron que ser evacuados, y unos setenta mil niños trasladados a Suecia. Para un país tan pequeño, representaba un esfuerzo hercúleo, y la ayuda internacional tardaba en llegar.

Los Estados Mayores francés y británico prepararon un proyecto de intervención (por entonces Hitler y Stalin todavía eran aliados), pero la decisión política para ponerla en marcha no tenía lugar. Stalin se impacientaba. El Ejército Rojo estaba empantanado, y el líder soviético temía una intervención aliada.

Los ataques prosiguieron con inusitada virulencia, y el sistema defensivo finlandés se acercaba al colapso. Las peticiones de ayuda por parte de Helsinki a Berlín no hallaron respuesta, aunque París y Londres parecieron más receptivos. Sin embargo, la falta de entendimiento político y la excesiva burocracia retrasaron toda decisión.

Finalmente, viendo que los aliados no saltaban al ruedo, el gobierno finés aceptó las hirientes propuestas soviéticas. El cese de hostilidades, que entró en vigor el 13 de marzo, preveía, entre otras cosas, la entrega a la URSS de todo el istmo de Carelia, la región al norte del lago Ladoga y las islas más orientales del golfo de Finlandia, así como la cesión de Hanko por 30 años. Las condiciones eran durísimas, puesto que suponían la pérdida de más del 10% de la superficie total de Finlandia y el éxodo de casi medio millón de refugiados.

La cifra total de víctimas mortales finlandesas en la guerra contra la Unión Soviética fue de casi 100.000, hombres en su mayoría. Puede parecer una cifra modesta pero representaba el 2,5 por ciento de la población total de Finlandia y el 5 por ciento de los varones.

¿Cómo logró Finlandia resistir durante cuatro meses, desde la invasión rusa el 30 de noviembre de 1939 hasta el Tratado de Paz de Moscú de marzo de 1940, en una relación de fuerzas tan desequilibrada? Su objetivo desde el principio fue lograr que la victoria del enemigo fuera tan lenta, tan gravosa y tan costosa para los rusos como fuera posible y acabaran por recular. Y su feroz resistencia lo logró. Perdieron un 11 por ciento del territorio y aquella primera contienda solo fue la primera de otra serie de guerras que tuvieron que lidiar hasta que la gran conflagración mundial concluyó en 1945.

Imagen de portada: Shutterstock

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