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Verdaderas historias de científicos locos

Mucho sabemos de grandes hombres de la ciencia que han dedicado su vida y todo su conocimiento en pro de la humanidad, los avances y la evolución. Sin embargo, como todo, existe un lado un tanto oscuro y perturbador de algunos personajes que han usado estos talentos para experimentos absurdos, peligrosos y sádicos, pasando así a la historia de la infamia, siempre en nombre de la ciencia. Desde Walter Freeman («el Dr. Picahielo»), «el Ángel de la muerte» Joseph Mengele, hasta Johann Conrad Dippel (considerado el verdadero Víctor Frankenstein), entre otros aterradores personajes, conoce en un nuevo episodio de Cosas Muy Importantes sobre algunos de los científicos más desquiciados y peligrosos de la humanidad.

Giovanni Aldini

El científico italiano Giovanni Aldini (1762-1834) era sobrino de otro célebre científico, Luis Galvani (de él viene la palaba «galvanizar»), y pasó buena parte de su vida tratando de defender las ideas de su tío. Para lograrlo lo que hacía era conectar cuerpos sin vida de personas y animales a baterías para demostrar que la electricidad era la base de la vida.

Aldini hizo giras por Europa con miembros del cuerpo humano a los que proporcionaba descargas eléctricas y que hacía que éstos se convulsionaran, pero sus experimentos también llegaron a utilizarse en personas vivas, a las que pretendía curar de sus desórdenes mentales mediante la aplicación de corriente eléctrica en sus cabezas.

Harry Harlow

Como en otros casos, Harry Harlow (1905-1981) tenía un trasfondo honorable: este psicólogo americano era conocido por sus estudios sobre la importancia del amor y los cuidados en las relaciones. Y para demostrarlo, nada mejor que utilizar a monos y exponerlos a todo tipo de torturas, algo por lo que se le ha llamado «el Mengele de los monos».

Harlow aisló a los jóvenes monos de cualquier contacto biológico y torturó a miembros del grupo, además de situar a las madres en escenarios en los que el apareamiento era forzado en unos dispositivos que él bautizó como los «potros de la violación». Los pequeños monos eran por ejemplo sometidos a aislamiento total durante 24 meses, periodo tras el cual quedaban perturbados de forma severa.

Sidney Gottlieb

Sidney Gottlieb (1918-1999) fue un bioquímico y psiquiatra militar norteamericano que fue director de la división química de la CIA y que a su vez fue responsable de muchos de los experimentos de control mental que esta agencia de inteligencia estadounidense realizó en los años 1950s y 1960s.

Gottlieb trató de encontrar drogas capaces de hacer «reventar la psique humana hasta tal punto que ésta admitiera cualquier cosa». El famoso Proyecto MKULTRA englobaba todos esos esfuerzos, y por ejemplo sirvió como base para tratar de, entre otras cosas, envenenar a Fidel Castro a través de sus zapatos o llenar su estudio de televisión con LSD liquificado y esparcido con spray.

Robert J. White

El neurocirujano americano Robert Joseph White (1926-2010) fue responsable de 10.000 operaciones quirúrjicas y de más de 900 artículos en revistas sobre esa disciplina, y recibió diversos honores además de, entre otras cosas, ser consejero del Papa Juan Pablo II en temas de medicina ética.

Sin embargo sus experimentos también tuvieron un lado oscuro. Mucho. En 1962 White fue la primera persona en extraer el cerebro de un perro y en mantenerlo vivo fuera del cuerpo. Dos años más tarde iría más allá y transplantó el cerebro de un perro en el cuello de otro. Sin embargo fue en los años 70 donde sus experimentos fueron aún más singulares, y logró transplantar la cabeza de un mono en el cuerpo de otro. Los monos lograron vivir durante algunos días, pero todos ellos estaban paralizados de cuello para abajo.

Walter Freeman

Walter Freeman fue un médico estadounidense, recordado principalmente como el pionero de la lobotomía en Estados Unidos y defensor de la psicocirugía. Freeman inventó la «técnica del picahielo» o, más finamente, la lobotomía trasorbital.

Utilizaba un estilete –según algunas fuentes, al principio lo hacía con un picahielo, de ahí el nombre del procedimiento– que introducía por dentro de la órbita ocular y lo golpeaba hacia arriba con una maza de goma para que penetrase hasta el lóbulo frontal, de manera que cortaba las conexiones nerviosas. Esta era una operación ambulatoria que duraba pocos minutos y todo se hacía con anestesia local.

Walter Freeman recorrió EEUU en su ‘Lobotomobile’ prometiendo curar la «ansiedad» o la «homosexualidad» y provocando terribles secuelas.

Al principio, esta intervención se reducía a casos desesperados o al menos bastante graves, personas que sufrían trastornos mentales muy severos y que eran agresivos. Pero se hizo tan popular que se le fue de las manos. Comenzó a operar incluso a niños que apenas presentaban leves síntomas de ansiedad o depresión. Es más, el 40% de sus pacientes llegaron a ser homosexuales completamente sanos que se sometían a la lobotomía (o los sometían sus familias a la fuerza) porque se suponía que su orientación sexual iba a cambiar.

Y claro, ningún ciudadano estadounidense debía quedarse sin poder acceder a tal revolución científica, así que, como si fuera una absurda historia salida de la mente de los hermanos Coen, Freeman empezó a recorrer la América profunda con una furgoneta a la que llamó ‘Lobotomobile’.

En la mayoría de los casos, los resultados de las lobotomías de Freeman fueron similares y, según algunas fuentes, cerca de un 20% acabaron en muerte, es decir, probablemente varios cientos. La más sonada de ellas le hizo perder su licencia médica en 1967 cuando le provocó una hemorragia cerebral a una paciente llamada Helen Mortensen.

Se supone que esa fue su última lobotomía antes de morir de cáncer en 1972, con 76 años, aunque algunos aseguran que continuó realizándolas hasta el final de sus días. Al menos, sí que realizó el seguimiento de algunos pacientes en los que había intervenido.

Aunque esta práctica no fue prohibida oficialmente –ahora sí en algunos países–, en realidad se dejó de practicar a finales de los años 50, cuando ya se habían acumulado suficientes evidencias de que era un auténtico desastre. Por eso, hoy en día parece difícil explicar cómo Freeman continuó con ello durante años, acumulando unas 2.500 operaciones en 23 estados de Estados Unidos, según los recuentos más conservadores.

Shiro Ishii

El militar y microbiólogo japonés Shiro Ishii (1892-1959) fue responsable de la unidad de guerra biológica del ejército japonés, y básicamente tenía el poder de hacer a los prisioneros de guerra todo lo que se le antojase. La mayoría de sus investigaciones tuvieron como objetivo infectar a innumerables prisioneros de guerra para estudiar el efecto de todo tipo de enfermedades y de armas.

Entre los horrores perpetrados por Ishii estuvieron la disección de mujeres embarazadas previamente fecundadas por su equipo, las pruebas de granadas y lanzallamas en prisioneros humanos, o la eliminación y recolocación de miembros humanos en partes distintas a las que correspondían. Este militar fue sorprendentemente absuelto de sus crímenes por las Autoridades de Ocupación Americanas, y murió en su casa a los 67 años.

Johann Conrad Dippel (o el verdadero Dr. Frankenstein)

No pintaba demasiado bien la cosa para el alquimista y médico alemán Johann Conrad Dippel (1673-1734) cuando uno se entera de que nació en el Castillo Frankenstein. De hecho, algunos afirman que este científico fue el modelo que Mary Shelley acabó tomando para su novela Frankenstein, aunque dicha teoría ha sido muy controvertida y discutida.

Etimológicamente, Frankenstein viene a significar en alemán algo así como la piedra de Frank y los primeros en utilizar dicho nombre fueron los hijos de Konrad Reiz von Breuberg, responsable de levantar el castillo. Con el paso de los años y diversas disputas familiares, el castillo fue puesto en venta en el siglo XVII y es adquirido por el conde de Hesse-Darmstadt.

Con todo, lo que aquí nos interesa es que en el citado castillo nació y llevó a cabo sus experimentos el teólogo y alquimista Johann Konrad Dippel (1673- 1734), descubridor del aceite que lleva su nombre y que se utilizó para desnaturalizar el alcohol (y también fue usado para envenenar el agua de los depósitos durante la Segunda Guerra Mundial). Como no es una sustancia letal, se aceptó su uso en los acuerdos de Ginebra.

Dicho aceite se obtiene de la destilación de huesos descompuestos. Es posible que Dippel lo descubriera por casualidad, y que en uno de sus continuos experimentos alquímicos consiguiese dar con este aceite de color marrón oscuro y con un aspecto semejante al alquitrán líquido. Dippel era un tipo curioso que firmaba las cartas como «Frankensteinensis» y que dio a la imprenta un libro escrito bajo el seudónimo de Christiano Democrito, titulado Vitae animalis morbus et medicina (1730). Entre sus páginas podemos encontrar apuntes acerca de experimentos realizados con huesos y carne de animales hervidos con el objetivo de sanar a personas endemoniadas. Porque Dippel sostuvo que el ser humano tiene alma y que esta puede ser trasladada de un cuerpo a otro mediante un embudo.

Los rumores acerca de sus experimentos son sólo eso: rumores sin base científica alguna. Lo único cierto es que las habladurías en torno a su figura hicieron crecer su leyenda muchos años después de su muerte. Por lo mismo, el descubrimiento del aceite que sirvió para desnaturalizar el alcohol se vio eclipsado por la ficción y, de esta manera, Dippel pasaría a la Historia como ladrón de cadáveres. Cuerpos inertes que almacenaba en las estancias del castillo y con los que experimentó día y noche, injertando trozos de unos en otros, construyendo así monstruos a retales. Parece ser que murió en uno de sus experimentos, probando una mezcla alquímica que le hizo espumar por la boca.

Es posible que Mary Shelley visitase el castillo en 1816, en el verano más frío de su vida, antes de llegar a Villa Diodati en Coligny, Suiza, donde una noche creo a su criatura más literaria a la que puso por nombre Frankenstein. Aunque es muy posible, nunca se confirmó esto…

Joseph Mengele

Es probablemente el más conocido de los científicos locos. Joseph Mengele (1911-1979), «el ángel de la muerte» (todesengel en alemán), fue un médico que trabajó como oficial de la SS alemana durante la II Guerra Mundial. Sus experimentos se realizaron en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, y tuvieron sobre todo como protagonistas a parejas de gemelos. Entre los experimentos con ellos estaban amputaciones de labios, o inoculaciones con tifus y otras enfermedades que luego pasaba a los hermanos a través de transfusiones para estudiar la evolución de las enfermedades.

La mayoría de operaciones que Mengele realizaba se hacían sin anestesia -por ejemplo, eliminar partes del estómago o el corazón de los prisioneros-. No había motivación científica para esos experimentos, y algunos de los supervivientes afirmaban que únicamente estaba haciendo uso del poder que el Reich le había concedido. Mengele formaba parte del equipo que seleccionaba a los presos y decidía quién vivía y quién acababa en las cámaras de gas. Mengele lograría huir a Argentina en 1949, y evitó ser detenido para acabar muriendo ahogado mientras nadaba en una playa brasileña en 1979. Nunca pagó por sus horrores.

Vladimir Demikhov

El cirujano ruso Vladimir Demikhov (1916-1998) fue un pionero en el transplante de órganos, pero sobre todo en transplantes sin aparente motivación científica real, como los perros de dos cabezas por los que pasaría a esa oscura parte de la historia de la ciencia.

Hay vídeos de varios de los experimentos más crueles y horrorosos de Demikhov, entre los cuales estaba el que demostraba cómo logró trasplantar la cabeza de un cachorro a un perro adulto, creando así «una criatura grotesca con dos cabezas», como contaron tras la demostración los periodistas del Daily Mail en 1954.

Andrew Ure

Fue un médico escocés , fundador de la Andersonian Institution, que se convirtió en la Universidad de Strathclyde ; químico consultor más destacado

Como sucedía con Aldini, Andrew Ure (1778-1857) estaba convencido de que la electricidad era la clave para reanimar cuerpos humanos. A pesar de servir en el ejército como cirujano y labrarse una gran reputación como químico industrial, astrónomo y geólogo, pasó a la historia por otros logros mucho más discutibles.

Ure realizó experimentos en ese suministro de electricidad al cuerpo humano muerto, y por ejemplo utilizó el cuerpo sin vida de un asesino ejecutado y al que se le suministraba sangre, conectándole varios puntos de electricidad y electrificándolo hasta que se contorsionaba para el horror de la audiencia que observaba estas demostraciones.

Imagen portada: Shutterstock


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