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Horacio Quiroga: escritor de locura, muerte y soledad

“Cuando se enteraron en Uruguay que Quiroga había muerto, no faltaron los homenajes oficiales ni los discursos conmemorativos ni la apoteosis organizadas por manos muy amigas. Pero la verdad es que esos homenajes y esa apoteosis y esa sincera amistad, no desmentida luego, eran incapaces de disimular el hecho de que Quiroga se había muerto solo”.

Este fragmento forma parte del prólogo que Emir Rodríguez Monegal escribió para la edición de Cuentos de Horacio Quiroga de la Biblioteca Ayacucho.

Horacio Quiroga es probablemente uno de los escritores más interesantes, importantes e influyentes de Suramérica, fue capaz de construir un universo que nos subyuga, y digo nos, porque no creo que yo sea el único que cae rendido ante este caballero, pero ese universo no está inspirado en una realidad paralela o fantasiosa, ese universo está anclado en la realidad, en la cruda realidad, esa realidad que el como dice el mismo prólogo, cuando descubrió se sumergió en ella de manera paulatina y gozosa.

Quiroga se convirtió en uno de los referentes del modernismo literario, mudando de piel constantemente para poder narrar lo que observa con un estilo muy peculiar. En él encontramos una exploración de lo exótico, un innegable carácter intimista, y un refinamiento de la palabra que hace que cuando nos enfrentamos a un texto escrito por él, inmediatamente sabemos que el autor es Quiroga, aún si ese texto que tenemos frente a los ojos no indica quien lo escribió.

A Horacio Quiroga se le ha comparado con Edgar Allan Poe, otro ídolo, porque este cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo, no solo fue un maestro del cuento latinoamericano, sino también porque todo lo que contó, lo hizo bajo una mirada temible, espantosa, terrorífica, y tremendamente formidable dejando claro su punto de que la naturaleza es una enemiga del ser humano.

Horacio Quiroga, el hombre

Horacio Silvestre Quiroga Forteza, Silvestre porque nació el 31 de diciembre, el día de San Silvestre en 1878, al noroeste de Uruguay, en la ciudad de Salto, era hijo de Juana Petrona Forteza y Prudencio Quiroga, que murió accidentalmente cuando se le disparó la escopeta bajándose de una embarcación, su madre se casó nuevamente con Ascencios Barcos, que se suicidó de un disparo en la boca, frente a Horacio que en ese momento tenía 18 años.

De niño lo llamaban Bertoldo en casa, estudio en la escuela Hiram. A los 13 años la familia se va a Montevideo, allá estudia de interno en un colegio y se vuelve rebelde e indisciplinado.

Traba amistad con Alberto Brignole, Julio Lauretche y José Hasda, juntos se hacen llamar los tres mosqueteros, Horacio sería D´Artagnan, con este grupo forma un club de lectura, leen a Dumas, Becker, Dickens, Maupassant, entre otros clásicos.

Cuando tenía 19 años junto con un amigo, se va en bicicleta desde Salto hasta Paysandú, recorriendo unos 120 kilómetros, esta experiencia le daría tema para escribir un artículo en un diario local.

Con el nuevo siglo Quiroga se nos va para París, y dejó constancia de aquella experiencia en la ciudad luz en Diario de viaje a París (1900). Es en esta época cuando empieza a escribir poesía, influenciado por el modernismo. Participó activamente en el Consistorio del Gay Saber, que fue un grupo de literatura que fundó al inicio de su carrera en 1900, inicia su etapa como cuentista, experimentando formalmente con el género.

Al año siguiente de manera accidental mata de un disparo a un amigo, Federico Ferrando, esto lo perturba muchísimo. Se muda a Buenos Aires, Argentina y trabaja como profesor de castellano y asistente de fotógrafo, este último trabajo con su amigo Leopoldo Lugones en una expedición por la provincia de Misiones en el noreste de Argentina, Quiroga quedo deslumbrado con esas tierras, fue ahí donde encontró la inspiración para sus cuentos más famosos.

En 1909 se casó con Ana María Cirés y se van a vivir a San Ignacio, ahí trabaja como juez de Paz, enviudó en 1915 cuando se suicidó Ana María.

A partir de 1917 inicia su apoteosis literaria, primero con Cuentos de amor de locura y de muerte (1917). En 1918 Cuentos de la selva, que es considerado un clásico de la literatura infantil y cada cuento es realmente enternecedor. También publica: El salvaje (1920), la obra teatral Las sacrificadas (1920), El desierto (1924), Los desterrados (1926).

También colaboró en diferentes medios de comunicación como: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación.

Después en 1927 se casó por segunda vez, en esta ocasión con María Bravo, que era amiga de su hija Eglé por cierto, pero antes de que el matrimonio llegue a la primera década, María lo abandonó.

Horacio Quiroga, el enamorado

Horacio Quiroga no solo sufrió de los golpes de la vida que lo enfrentó a la muerte desde que era un bebé, también se enfrentó al desamor.

Primero se enamoró de María Esther Jurkonsky, a quien conoció en los carnavales de 1898, Horacio consiguió el permiso del papá de Esthercita para visitarla, pronto se interpuso la madrastra, Carlota Ferreira, una mujer transgresora en su época, después de haberse hecho novios rompen, aparentemente Carlota le quería buscar un marido judío en Buenos Aires a la muchacha, Horacio quedó devastado y de aquella crisis sentimental nació “una estación de amor” (1912) y “las sacrificadas” (1919), en las que la ex novia y la madrastra figuran con inspiración de las protagonistas.

Luego en 1908 formalizó su relación con Ana María Cirés, la familia de Ana María se oponía a la relación, de hecho los padres presionan tanto que llegan a romper, Horacio se deprimió, según su amigo Brignole llegó a un punto de desesperación extrema y llanto constante, Ana María también estaba muy enamorada y se plantó frente a los padres, se casaron en 1909, se mudaron a Misiones y ahí viven de manera austera, la vida es dura, en 1911 nació su hija Eglé y en 1912 nació su hijo Darío. Ana María no pudo soportar la soledad y la lejanía, así que intenta suicidarse pero fracasa. Finalmente logra su cometido, se quita la vida envenenándose con una dosis de bicloruro de mercurio, muere después de agonizar unos días. Aquello impresionó tanto al autor que nunca mencionó nada de este hecho, no dejo registro de nada, ni en cartas, ni en diarios.

En 1927 conoció a María Elena Bravo, Horacio le llevaba 30 años, según dijo quedó subyugado con la belleza y candor de la jovencita, se casaron el mismo año, tuvieron una niña en 1928 que se llamaba como la mamá, pero que él llamaba “pitoca”. Se instalan en la selva y María Elena no se adapta a esa nueva vida, le parece dura, de manera que María Elena se va junto con Eglé a Buenos Aires en 1936 y no regresaría.

La obra de Quiroga

Todas estas experiencias lo llevaron a cultivar una prosa un tanto siniestra. Cada desengaño, cada muerte, cada dolor se imprimió en su obra que no solo es cuentistica, Quiroga también trabajó el ensayo y poesía.

En ensayo tenemos el luminoso Diario de viaje a París (1900), donde cuenta su testimonio y observaciones de aquel periplo, y digo luminoso no porque trasmita luz, sino porque nos acerca mucho a la figura del autor.

Cultivó una poesía oscura, hay unos poemas que son dignos de cualquiera de los poetas malditos, por ejemplo aquí les voy a compartir uno que se llama “tú agonía”, que dice:

“La tarde se moría y en el viento

la seda de tu voz era un piano,

y la condescendencia de tu mano

era apenas un suave desaliento.

Y tus dedos ungían un cristiano

perdón, en un sutil afilamiento;

la brisa suspiró, como en el cuento

de una melancolía de verano.

Con tu voz, en la verja de la quinta,

calló tu palidez de flor sucinta.

La tarde, ya muriendo, defluía

en tu sien un suavísimo violeta,

y sobre el lago de tersura quieta

los cisnes preludiaron tu agonía.”.

Los cuentos de Quiroga

Si bien Quiroga era un poeta maldito y un autor sin ni igual, no lo conocemos precisamente por sus novelas, sus poemas o sus artículos, lo conocemos como cuentista y por sus narraciones singulares.

Quiroga es capaz de registrar la realidad, pero no convierte sus relatos en una narración de su vida, las dos grandes entregas de cuentos que le han hecho famoso y merecedor de los más grandes halagos son: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917) y Cuentos de la selva (1918).

Los Cuentos de amor de locura y de muerte, fue publicado por la «Sociedad Cooperativa Editorial Limitada» de Buenos Aires, Quiroga pidió expresamente que el titulo no llevara comas, contiene 18 relatos en los que precisamente como lo indica el nombre del volumen van sobre amor, locura y muerte, es aquí donde está la gallina degollada, el cuento que quizá acerca a muchos lectores a Quiroga, también está el cuento “Los mensú” que son unos peones que trabajan por mes, haciendo unos trabajos muy duros por una paga miserable, pero son víctimas de las faltas de oportunidades y su misma ignorancia y están atrapados en un ciclo de miseria. Y cuento que más me impresionó de esta antología es “El almohadón de plumas”, la historia de los recién casados Jordán y Alicia y de como él es testigo de cómo el amor de su vida se va desvaneciendo hasta que al final descubren la razón, si no lo han leído yo no voy a hacer spoiler aquí.

Aquí también está “la insolación”, “el alambre de púas”, “a la deriva”.

Y otra antología de relatos es “Cuentos de la selva”, aquí la selva de Misiones es la protagonista, no de manera directa, pero su presencia está en cada cuento, la selva que no solo es avasallante por su belleza, también lo es por su violencia, por su fuerza, como en “Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre”, que es tan encantador y enternecedor como cruel y tristísimo al final.

Horacio Quiroga: escritor de locura, muerte y soledad

El decálogo del perfecto cuentista

Quiroga desarrolló una manera única de narrar, pero fue tan generoso que quiso compartirlo con todos aquellos que querían escribir. Lo de Quiroga no es cuestión de suerte o de escribir por escribir, lo de Quiroga es método y disciplina, para mí ahí está el secreto, si usted va a hacer algo, hágalo bien, prepararse, sea responsable de la empresa que está emprendiendo.

Nos dejó el “decálogo del perfecto cuentista”, en el que sienta las bases sobre las cuales fundó su estilo, los 10 mandamientos para todo aquel que quiera escribir bien.

Dice:

  1. Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
  2. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

3. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

4. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

5. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

6. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «Desde el río soplaba el viento frío», no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

7. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

8. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

9. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

10. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

El legado de Quiroga

Pocos autores han influenciado a tantas generaciones de lectores y creadores como Horacio Quiroga, que con su singular estilo ha marcado un hito.

No se puede negar que la influencia de Quiroga se deja sentir en la obra de autores como su amigo personal Ezequiel Martínez Estrada de quien por cierto yo he bebido de su libro “el hermano Quiroga” mucha información para este episodio, también en el gran Abelardo Castillo o Alberto Laiseca, de los actuales, bueno ahí tiene a Mariana Enríquez de la que siempre recomiendo “Los peligros de fumar en la cama”, entre todos ellos y Quiroga podríamos trazar líneas de conexión.

Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar elogiaron la importancia y calidad del estilo y la técnica en su obra.

La locura la muerte y el suicidio

En septiembre de 1936, Quiroga viaja a Buenos Aires tienen que operarlo, se interna en el Hospital de Clínicas de la capital argentina, lo operaron a principios de 1937, la recuperación es muy lenta, vive en el Hospital, aunque tenía permiso de salida y podía recibir visitas de algunos amigos y familiares.

Quiroga tenía un cáncer de próstata, muy avanzado lo que lo convertía en intratable e inoperable. A pesar de la separación María Elena y su hija lo acompañaron.

Se aferra a su soledad, sabe tendrá mucho dolor, de manera que el 18 de febrero de 1937 se tomó un vaso de cianuro, al poco rato el veneno hizo efecto y después de horribles dolores, Quiroga se fue de la tierra a ocupar su puesto en el olimpo de los grandes escritores.

Quiroga escribió “soy capaz de abrir un corazón para ver qué tiene dentro a cambio de matarme sobre los restos de ese mismo corazón”.

El suicidio fue una constante en la familia Quiroga, sus dos hijos mayores también se suicidaron. Eglé al año siguiente en 1938 y luego Darío en 1952.

Horacio Quiroga fue un cuentista que a lo largo de su vida se sintió atraído por escribir sobre la naturaleza y el amor y el vínculo de estos con la tragedia, perdió afectos a lo largo de su vida, sus enamoramientos no tuvieron final feliz, sus cuentos tampoco.

Fue un modernista invaluable, un tipo brillante, pero con una luz muy peculiar.

Gente ya nos agarró el sereno y es momento de ir terminando, me voy pero lo hago con la esperanza de siempre, la de haberles picado la curiosidad y que después de haberme escuchado se van a ir todos corriendo a buscar la obra del gran Horacio Quiroga.

Cuentéenme que les parece esta segunda temporada de pónganse a leer, háganlo a través de las redes culturizando o por las mías pedrocedenoa en Instagram y twitter.

Me voy como el manisero, pero antes les recuerdo la consigna, ya la saben ustedes, pónganse a leer.

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