Holocausto: ¿Por qué el pueblo hebreo prefiere el uso del término «shoá»?

Holocausto: ¿Por qué el pueblo hebreo prefiere el uso del término «shoá»?

Las políticas de exterminio y el terrorismo de Estado en tiempos de la barbarie nazi dieron cabida a crímenes inhumanos que, por su proporción y naturaleza atroz, desafían la lógica y la propia capacidad de otorgarle calificativos moralmente adecuados.

La aversión hacia las razones detrás de los crímenes está fuera de discusión. No obstante, el poder de las palabras suele revelarse chato e incluso afianzar su torpeza de nombrar cuando la tarea es resumir ante la historia el repudio moral por hechos infames. Darle nombre a ese silencio sobrecogedor que nos embarga al recordar a las víctimas forman parte del ejercicio de la memoria y la deuda moral de la Humanidad consigo misma.

Pese a los esfuerzos de parte de sus perpetradores, por ocultar las pruebas en su contra, hoy día poner en duda la existencia histórica de los actos genocidas durante la Segunda Guerra Mundial o cualquier interpretación tendiente a falsificar los hechos, se considera un crimen contra la memoria histórica e incluso una falta de compromiso con la causa moral de evitar la repetición de sucesos semejantes en el futuro.

En este caso, cabe decir que el carácter desmesurado del crimen, obligó a acuñar neologismos dentro del léxico del Derecho Internacional, como es el caso de la palabra «genocidio», para definir el asesinato en masa de grupos basados en atributos colectivos. A decir verdad, para recordar hechos inéditos, sin parangón en los anales históricos de las atrocidades surgidas en tiempos de guerra, hace falta un nuevo lenguaje, como si la sangre vertida de los inocentes pudiera encontrar remedio moral o algún reparador significado en la inspiración de novedosas fórmulas del lenguaje que hicieran su parte para eludir la tentación del olvido y ayudar las labores de memoria histórica.

Los modos de describir horror fueron parte de los dilemas morales afrontados que, en el contexto de los desafíos de la sed de justicia, salieron a flote a raíz del carácter inédito de estos asesinatos a escala masiva. Hacer familiar y de uso extensivo una palabra, destinada a cumplir con el doble propósito de describir lo indecible y no permitir el olvido, son empresas acometidas con vergüenza, a sabiendas de la posibilidad de perpetrar un segundo crimen en plano del lenguaje, debido a la naturaleza elusiva y arbitraria del signo lingüístico, y el propio carácter de convención social inherente a los usos del idioma.

Burlar las trampas del lenguaje siendo políticamente correcto es una hazaña que rezuma esfuerzo y balbuceos. Así la palabra «holocausto» emergió trabada en nuestras lenguas, no sin despertar reservas entre la comunidad judía de supervivientes. Anteponiendo la inocencia al juicio crítico, la poca evidencia nos podría inducir a pensar que la palabra se impuso en nuestro lenguaje por obra de la fortuna o fruto de la fuerza de la costumbre, como tantos otros neologismos, tal como demostrara Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, entre los atributos del signo lingüístico destaca su arbitrariedad, es decir, el nexo fundado entre concepto y vocablo no es natural y debe su existencia a la mera convención social. Sin embargo, las palabras no escapan de lecturas políticas y el lenguaje; por ser herramienta del pensamiento, es un terreno abierto a suspicacias sobre la intención histórica que auspicia la popularidad de algunas palabras sobre otras o la incorrección política de algunos eufemismos cotidianos.

Por ese motivo, no resulta descabellado poner en cuestión la justicia detrás del origen de la palabra «holocausto» e incorrección moral involucrada de su uso en el lenguaje ordinario.

Ciertamente, bajo la sombra de la imposibilidad de hacer justicia, creció el miedo razonable a cometer afrentas a la memoria de quienes murieron, únicamente siendo culpables de su propia existencia, mientras arrastraban a cuestas la culpa de haber nacido y la marca de portar un nombre delator del origen de su sangre.

El afán de explicar lo inexplicable siempre conduce a guardar silencio o titubeos interminables. Por ello, la historia del término «holocausto» no está libre de polémica y malentendidos. Antes de que su uso extendido dentro del ámbito intelectual y no académico, su aparición para calificar la excepcionalidad de los hechos asociados al asesinato en masa, de judíos y otras minorías étnicas, el término erróneo es un derivado de la palabra latina holocaustus, que a su vez proviene del sustantivo griego holokaustoma, que en su acepción más literal quiere decir «todo quemado».

Su uso original se asociaba a los escritos de los Padres de la Iglesia cristiana o primeros teólogos de la cristiandad y la Biblia, que en sus páginas solían aplicar la palabra para referirse a los sacrificios de sangre utilizados en la antigua época del pueblo judío para alabar a Dios. Esa práctica del suplicio o derramamiento de sangre inocente para ofrecer loas por causas sagradas o razones superiores.

A su vez, la raíz etimológica olah designaba una de las cuatro partes del ritual de sacrificio de corderos. Ahí radica el gran inconveniente de reutilizar la palabra para reseñar los crímenes horrendos y la matanza de los judíos por el régimen nazi, porque la ambigüedad semántica es una forma indirecta de justificar por contrabando el sufrimiento del pueblo judío e insinuar que el exterminio tuvo motivaciones sagradas o la intención de complacer a Dios.

Es como dar por sentado que existieron razones sagradas o fines superiores en el enorme “sin sentido” de la muerte gratuita de millones de personas. Es como plantear la anuencia de Dios o su complacencia con lo ocurrido. Por ese motivo, a ojos de entendidos en el tema la palabra «holocausto» es inconveniente para honrar la memoria de los caídos y representa un macabro eufemismo de lo realmente sucedido en los campos de concentración.

A pesar de que la palabra «shoá» sigue siendo un eufemismo o expresión que busca suavizar la mención directa al exterminio y asesinato en masa de grupos humanos. «Shoá» significa «devastación o catástrofe». Aunque en los textos bíblicos suele asociarse su uso con el castigo divino a pecados, Primo Levi popularizó su aplicación por considerarlo menos insensible con el dolor colectivo del pueblo hebreo.

La aspiración de adjudicar un nombre especial a los hechos ocurridos durante el genocidio del pueblo judío nació de la necesidad de resaltar el carácter único e inédito de las políticas de exterminio y las cámaras de gas. El deseo de resaltar la magnitud y desmesurada dimensión de los crímenes perpetrados durante este oscuro episodio de la historia del racismo y el ocaso de la civilización. Sin embargo, deben preferirse las formas de nombrar el mal, sin cometer omisiones que hagan exaltación de los hechos.

Es una forma de lucha en el plano del lenguaje contra el olvido y la impunidad. Según el filósofo italiano, Giorgio Agamben, la obligación moral de los sobrevivientes con los muertos es dejar testimonio y convertirse en la voz de quienes se quedaron en el camino.

Foto: Shutterstock

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