¡Qué hermosa es la Tierra! dijo Yuri Gagarin hace 56 años desde el espacio

Con el primer humano que orbitó la Tierra comenzó en firme la conquista del espacio, una carrera en la que se ha avanzado pero aún mantiene al hombre muy cerca de su casa. ¿De qué ha servido? ¿Qué sigue? Retos y sueños.

No hubo de otra durante esos 108 minutos, que elevarle su rango por el heroísmo. Nadie pensaba que volvería a posarse sobre la superficie del planeta fresco como una lechuga.

Cuando el mundo se enteró de que Yuri Gagarin había dado una vuelta a la Tierra a bordo de la Vostok 1, no salió fácil del asombro. Hasta los norteamericanos, derrotados por el socialismo soviético, no pudieron menos que enviar su felicitación. La carrera por la conquista del espacio había comenzado. Y aunque pronto tomaron la delantera, ¿de qué ha servido?

Fue un giro apenas, frente a los casi 69.000 que ha dado la Estación Espacial Internacional desde 1988 sobre nuestras cabezas, a 350 kilómetros del suelo.

De aquel ¡vamos! (¡poyekhali!) que pronunciara Gagarin tras despegar la nave, que atizó con ese “¡qué hermosa es la Tierra!”, que motivó a los estadounidenses a correr con su proyecto Mercury para subir a John Glenn para darle tres vueltas al planeta, de ese día a hoy más de 500 humanos de unos 30 países han visitado el espacio.

Fue Gagarin el que movió al presidente de E. U. John F. Kennedy ordenar que antes de finalizar esa década un hombre estaría en la Luna. Se logró. Y el hombre sacó pecho: Marte, el espacio interestelar… Todas las metas parecían posibles. No hay barreras imposibles. Y aún muchos lo creen.

Jean-Jacques Dordain, director de la Agencia Espacial Europea (ESA), dijo, al recordar al ruso explorador que “el espacio y los vuelos espaciales humanos en particular, han sido los motivadores de una visión específica, que nuestro futuro es global. En los próximos 50 años, veremos más trabajo unido. Iremos allá, a la Luna o Marte, o los dos”.

Si bien la Estación Espacial Internacional es el esfuerzo de varios países, no está claro el camino de lo que seguirá.

Hay una razón clara, como explicó en Scientific American el escritor de ciencia Lawrence Krauss: la realidad. Un viaje espacial es costoso frente a las necesidades de un planeta cada vez más desarreglado. La EEI es un programa de 100.000 millones de dólares y aunque ha servido para ver cómo responden los humanos en el ambiente exterior y para este y aquel experimento, no aspira a más.

Marte, esa meta soñada no es posible hoy: nadie resistiría 18 meses de radiación intensa.

La exploración espacial parece justificada, olvidado el sueño de ir a planetas vecinos por minerales y otros recursos de la mente de escritores baratos, porque como lo reconoce Krauss, es la única manera de que la especie sobreviva.

55 años después de Gagarin, el hombre tiene una nave, Voyager 1, que apenas está saliendo de la influencia del Sol. Marte es explorado por robots, que se piensan para otros destinos y al más pequeño de lo vecinos, Mercurio, sólo ahora acaba de llegar la sonda Messenger.

Lo que sigue depende de logros tecnológicos: velocidad y autonomía de las naves, y mayor capacidad de adaptación de los humanos, alternativas ligadas a inmensas sumas de dinero (el transbordador saldrá de circulación este año y nadie sabe qué lo remplazará).

Si no, quedarían opciones sacadas de la ciencia ficción, como robots que lleguen a lejanos mundos e inicien vida orgánica en ellos, viajes con solo tiquete de ida o, para tranquilidad: la juventud de la especie humana.

Con información de: El Colombiano

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