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Naufragio del Gustloff: La peor tragedia naval de la historia

Por Crónicas de Ares| Finalizando la Segunda Guerra Mundial, en las últimas horas de existencia de la Alemania nazi, una tragedia atestó un duro golpe a la moral del moribundo III Reich: el enorme crucero teutón Wilhelm Gustloff fue hundido por un submarino soviético. A bordo, más de 9.000 personas morirían, un número mayor a la sumatoria de las víctimas del Titanic, el Lusitania y el Bismarck. Significó la mayor tragedia naval de una historia que pocos conocen y que a continuación te contamos en este nuevo episodio de Crónicas de Ares.

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El Wilhelm Gustloff había sido construido en los astilleros Blohm & Voss y botado el 5 de mayo de 1937 en Hamburgo, Alemania, como un crucero para la “Kraft durch Freude” (Fuerza a través de la Alegría) la organización nazi que controlaba todos los aspectos del ocio de la sociedad alemana de la época.

La Fuerza a través de la Alegría era un programa social orientado a apaciguar los movimientos obreros de protesta mediante actividades de ocio gratuitas o muy baratas. En la Alemania nazi, los proletarios podían jugar al tenis, montar a caballo, asistir a la ópera, tomar el sol en un balneario o incluso, si eran lo bastante fieles al régimen, surcar el Mediterráneo o el Báltico a bordo de un crucero de lujo.

Hitler, que jamás desaprovechaba una oportunidad de hacer propaganda antisemita, bautizó el mejor crucero del programa con el nombre de un “mártir” del nazismo, el jefe del partido en Suiza, asesinado por un joven judío croata en 1936. Los humildes viajeros del Wilhelm Gustloff se bronceaban en la cubierta acristalada, nadaban en la piscina, jugaban a las cartas, aplaudían las películas que se proyectaban en el cine de a bordo y cenaban con cubiertos de plata, primorosamente decorados con el águila y la esvástica.

En septiembre de 1939, al iniciar la guerra mundial, el buque fue confiscado por la Kriegsmarine y pasó a ser un barco hospital hasta 1940, cuando fue asignado para servir como barracas flotantes frente a la localidad polaca de Gdynia, en aquel entonces parte del Tercer Reich. Camuflado de gris, el buque dio nuevas muestras de versatilidad, al convertirse en cuartel de entrenamiento para futuros tripulantes de submarinos. Con este propósito lo anclaron durante más de cuatro años en el puerto de Gdynia, ciudad polaca recién conquistada y rebautizada como Gotenhafen por los alemanes. El Gustloff no vio ninguna acción naval en los cuatro años siguientes, pero en el invierno de 1945, fue reasignado como transporte de refugiados durante la Operación Hannibal.

Esta Operación fue un operativo militar alemán que se desarrolló durante la primera mitad de 1945 para evacuar a las tropas y los civiles de Prusia Oriental, la Bolsa de Curlandia y el Corredor polaco, y no dejarlos a merced del avance del Ejército Rojo.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el mapa de Alemania era muy distinto del actual. En 1919, como consecuencia de la derrota en la Gran Guerra, el Imperio alemán fue partido en dos mediante el llamado “corredor polaco”, que garantizaba a Polonia una salida al mar. Al este de dicho corredor se extendía Prusia Oriental, un territorio que hoy pertenece mayoritariamente a Polonia y Rusia.

La invasión nazi de Polonia en 1939 conectó ambas mitades y restauró parte del orgullo germánico herido en el Tratado de Versalles, pero alteró la vida de cientos de miles de polacos, obligados a abandonar sus casas. El Pacto Ribbentrop-Mólotov con Rusia añadió más desplazamientos forzosos, esta vez de letones, estonios, lituanos o rusos considerados de origen germano, obligados a regresar a su “madre patria” con las únicas pertenencias que pudieran cargar.

Hitler los reasentó en las zonas de las que acababa de expulsar a los polacos y los sometió a un programa de germanización. Por lo demás, Prusia Oriental se mantiene en segundo plano durante casi toda la contienda. Sus habitantes, unos diez millones de personas de habla alemana, llevan una vida relativamente tranquila. Hay algo de escasez, pero no penuria. El frente queda muy lejos.

En 1941, Hitler rompe el pacto con Stalin e inicia la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS, con resultados sumamente sangrientos: más de veinte millones de muertos entre civiles y militares, sin contar con las víctimas del hambre y las enfermedades. Tres años más tarde, Stalin ha dado la vuelta a la tortilla. Alemania se bate en retirada, y el Ejército Rojo avanza hacia Prusia Oriental, arrasando aldeas a su paso, saqueando, violando y masacrando sin piedad.

En la venganza, todo vale: “Mata –exige un panfleto repartido a los soldados–. Nada en Alemania es inocente, ni los vivos ni los que aún están por nacer. Sigue las palabras del camarada Stalin y aplasta para siempre a la bestia fascista en su madriguera. Rompe el orgullo racial de la mujer alemana. Tómala como tu legítimo botín”. A los alemanes no les queda otra salida que huir, pero no pueden. El gobernador Eric Koch se lo impide. La consigna es resistir o morir.

Cualquiera que abandone su hogar será considerado un desertor. Quienes lo intentan reciben un balazo en la cabeza. Adolescentes de doce años y ancianos de sesenta se alistan a la fuerza en la Volkssturm, milicia recién creada por el ministro Joseph Goebbels, pero apenas tienen armas para defenderse. Mujeres y muchachas cavan zanjas o manejan baterías antiaéreas. A las niñas les sugieren arrojar aceite hirviendo a los soviéticos desde las ventanas. En el colmo de la hipocresía, el propio Koch se pone a salvo junto a su esposa y su secretaria tras exigir una muerte heroica a su pueblo.

La propaganda del régimen sigue celebrando victorias ficticias, pero nadie confía ya en la radio o los periódicos. Llegan rumores espantosos de cadáveres mutilados o clavados en graneros. Ante la prohibición de huir, muchos se plantean el suicidio. Otros se arriesgan y sobornan a soldados para que los escondan en vehículos militares. La mayoría prepara una maleta y la oculta bajo la cama, esperando el permiso para fugarse. todos al puerto

A principios de enero de 1945, Karl Dönitz se había dado cuenta de que Alemania pronto sería derrotada, y deseando salvar sus submarinos y utilizar todas las embarcaciones disponibles para evacuar a la mayor cantidad de refugiados, el 23 de enero había enviado un mensaje codificado a Gothenhafen ordenando escapar hacia el oeste. Esta operación tuvo el nombre en código de Hannibal. Dönitz deseaba evacuar a tanta gente como se pudiera y llevarla hasta Alemania para ponerlos a salvo del avance soviético.

En un periodo de cuatro meses, unas 1100 naves alemanas de todo tipo transportaron a más de un millón de personas a través del Mar Báltico hacia el norte de Alemania y la Dinamarca ocupada, convirtiéndose así en una de las evacuaciones de refugiados más grandes de la historia. La evacuación fue también la mayor operación emprendida por la Marina alemana durante la guerra. Durante quince semanas, estos barcos zarpan de los muelles de Pillau (la actual Baltisk rusa), Danzig (Gdansk en la Polonia actual) y Gotenhafen (hoy Gdynia), cargados de refugiados, tropas y suministros. Pero conseguir un billete a la salvación no es tarea fácil. Para llegar a estas ciudades es preciso caminar sobre la nieve durante horas, días o incluso semanas a temperaturas de 20 ºC o 25 ºC bajo cero, cargando con capas y capas de ropa: dos o tres suéteres, varios pares de medias, botas pesadas, abrigos de pelo, bufandas, gorros y chales.

Muchos llegan con síntomas de congelación o se quedan por el camino. Algunas madres abandonan a sus bebés muertos en la cuneta. Además de rodear carreteras cortadas y puentes destruidos, hay que esquivar los disparos de los tanques rusos. Los trenes, repletos, avanzan arrojando cadáveres a las vías. Y si los civiles viven una pesadilla, cómo describir los horrores de la evacuación para los prisioneros de cárceles y campos de concentración, ya extremamente debilitados por el hambre y el maltrato. Una vez en el puerto, la lucha por la supervivencia continúa.

Hay escasez de combustible, comida y medicinas, tanto en los muelles como en las embarcaciones. La espera se vuelve eterna. Hacerse un hueco en un barco es casi misión imposible. Y una vez a bordo, todavía se está a merced de las minas, los submarinos enemigos y los bombardeos de la aviación aliada. A finales de enero, la ciudad de Gotenhafen ha sumado un millón adicional a sus tres millones de habitantes. La mayor parte de los recién llegados malvive en las calles, a la espera de una oportunidad de embarcar.

Volviendo a enero de 1945, las tropas rusas habían avanzado desde el este como parte del último empuje contra las huestes de Hitler que tan brutalmente habían invadido Polonia y Rusia. Era sólo cuestión de tiempo para que los primeros tanques cercaran Berlín y terminaran con el conflicto más sangriento que ha visto la humanidad. Los alemanes se batían en retirada ofreciendo una resistencia feroz, pero la falta de equipo y de reservistas había mermado su capacidad de lucha, y sólo quedaba retrasar lo inevitable para dar tiempo al rescate de los miles de alemanes atrapados en la península de Curlandia y en la Prusia Oriental. Esa sería la tarea del Gustloff en la Operación Hannibal.

A pesar de haber sido construido para albergar a 1.850 pasajeros, la lista oficial de embarque del Wilhelm Gustloff el 30 de enero ascendía a 6.050, incluidos 173 tripulantes, 918 militares entre oficiales y estudiantes de la Escuela de Submarinos de Gdynia, 373 auxiliares femeninas navales, 162 soldados heridos y el resto civiles que habían sido elegidos entre las decenas de miles que se agolpaban en los muelles y el resto del puerto. La gran mayoría eran refugiados. Unos cuatro mil eran niños. Entre los no civiles había miembros de la cúpula local del partido nazi.

En el último momento, sin embargo, aproximadamente 4.000 personas más consiguieron abordar en la que probablemente sería su última oportunidad de escapar de la venganza rusa. Heinz Schön, un archivista alemán que sobrevivió al naufragio, realizó una extensa investigación que le llevó a concluir que el Gustloff llevaba 10.582 personas a bordo. Una tragedia se anunciaba.

Al principio, los pases para subir al Wilhelm Gustloff se repartieron con cierto criterio, dando prioridad a soldados heridos y mujeres con niños pequeños. Sin embargo, a medida que pasaban las horas, el caos se fue adueñando de la operación. Unas sesenta mil personas se hacinaban en el muelle, dándose empellones, pugnando por subir. Hubo adultos que se pasaron niños por encima de las cabezas para obtener prioridad de embarque, desertores que se disfrazaron de mujeres y se colaron acunando bebés falsos, madres auténticas que arrojaron a sus hijos al agua desde la pasarela de embarque para salvarlos de morir arrollados por la multitud.

Camarotes y pasillos se superpoblaron. Para ganar espacio, se retiraron los asientos del cine y se vació la piscina. La cubierta acristalada se convirtió en enfermería. Incluso los dirigentes locales del partido nazi, que embarcaron a última hora, tuvieron que compartir la suite entre dieciséis. Cuando el barco hubo zarpado y parecía que no cabía una aguja, lo siguió una comitiva de barcazas con refugiados que agitaban los brazos, implorando una plaza a bordo.

Se repartieron chalecos salvavidas, pero no suficientes. Solamente los había para la mitad de los refugiados, y muy pocos siguieron el consejo de dejárselo puesto. No había más de veintidós botes salvavidas, con espacio para cincuenta personas cada uno, poco más del 10% del pasaje. Para compensar, se subieron a bordo unas inestables balsas hinchables con suelo de red, que, apiladas, no tardaron en congelarse en bloque. También las cuerdas y poleas que sujetaban los botes estaban completamente heladas, cosa que habría de dificultar la evacuación de emergencia.

Aquel martes 30 de enero zarpó el buque con su carga humana con destino al puerto alemán de Kiel. Dos torpederos y un crucero escoltaban al transporte. Era una mañana helada como cualquiera en los interminables inviernos del Báltico, con temperaturas cercanas a 0º, bruma y vientos fuertes, pero que no debían suponer un obstáculo para un barco de aquellas dimensiones.

Hacia las ocho de la tarde, los altavoces retransmitieron un discurso radiofónico en el que Hitler conmemoraba el 12 aniversario de su ascenso al poder. Incluso con la Operación Hannibal en marcha, el Führer seguía bramando histéricamente contra la deserción: “Aquel que, por cobardía o falta de carácter, dé la espalda a la nación, morirá inexorablemente de una muerte ignominiosa”.

Más temor producía la posible presencia de barcos o submarinos soviéticos y de minas explosivas en aguas cercanas a la costa. Estas últimas fueron las que decidieron al capitán a seguir una ruta por aguas más profundas a pesar de que otro capitán a bordo, un submarinista, le había aconsejado no hacerlo.

Mientras tanto, el submarino soviético S13, con Alexandr Marinesko al mando, se acercaba sigiloso. De los tres barcos que debían escoltar el Gustloff, dos regresaron a puerto por problemas técnicos. Esto impidió a la comitiva rastrear los alrededores en busca de submarinos. Para colmo de males, el hielo había inutilizado los radares. Los capitanes no se ponían de acuerdo acerca de la velocidad óptima ni de la ruta más segura. El buque, que viajaba a oscuras por precaución, encendió las luces un instante para no colisionar con otro barco.

El Capitán del Gustloff Friedrich Petersen, había recibido un mensaje por radio que alertaba de la presencia de un convoy de barredores de minas alemanes en la zona. Para evitar una colisión, Petersen ordenó que se encendieran las luces verdes y rojas de navegación, haciendo visible al buque. La breve investigación realizada después del accidente reveló que no existía tal convoy y no pudo dirimir el origen del mensaje.

Marinesko, al mando del S13, localizó su posición. Se situó a babor del crucero, a una distancia aproximada de un kilómetro. Hacia las 9 de la noche, poco después del final del discurso de Hitler, Marinesko dio la orden de disparar. Los cuatro torpedos del S13 tenían inscripciones patrióticas: “Por Stalin”, “Por Leningrado”, “Por la madre patria” y “Por el pueblo soviético”. Uno de ellos se atascó y fue desactivado. De los otros tres, el primero impactó en la proa del barco, donde descansaba el personal que no estaba de guardia. Inmediatamente se cerraron las esclusas para ralentizar el hundimiento, condenando a buena parte de la tripulación a una muerte segura.

Sin la ayuda de estos oficiales, expertos en emergencias, el pánico se adueñó del crucero. El segundo torpedo estalló en la piscina, donde dormían casi todas las chicas de la Fuerza Auxiliar Femenina. El tercero alcanzó la sala de máquinas, dejando a los refugiados a oscuras y a los oficiales incomunicados. Se dio el SOS desde la radio de emergencia, que tenía un alcance de apenas dos kilómetros. Por fortuna, el Lowe, el torpedero de escolta, estaba lo bastante cerca para captar la señal y reenviarla a otras embarcaciones.

Cientos de pasajeros perecieron mucho antes de que se hundiera el barco, pisoteados por la muchedumbre enloquecida que pugnaba por subir a cubierta. Se propagó el rumor de que los capitanes se habían suicidado. Según otra versión, algo más cercana a la verdad, habrían huido en el primer bote llevando consigo una caja de champán. Se sabe que un oficial disparó a su familia y se descerrajó un tiro en la sien.

Otros dispararon al aire, ya fuera para abrirse paso hacia la salvación o para hacer respetar la máxima de “las mujeres y los niños primero”, abiertamente ignorada por ca si todos. Miles de personas quedaron atrapadas en salas, pasillos y camarotes cada vez más escorados. Muchos de los que lograron salir al puente resbalaron por la cubierta inclinada y cayeron al mar. Otros se lanzaron a él, desesperados por la escasez de barcas de salvamento. Solamente cuatro o seis de los botes se bajaron al agua correctamente.

La inexperiencia, el terror y el hielo dificultaron el descenso de los demás. Varios volcaron antes de llegar abajo, se quedaron encallados o aplastaron a otros náufragos. Algunos soltaron marras medio vacíos. Las balsas hinchables debían arrojarse al mar antes de saltar sobre ellas: atinar era casi misión imposible. Las personas que caían al agua sin salvavidas apenas podían moverse: arrastraban el peso de sus botas y de sus gruesas ropas de abrigo. Niños con chalecos demasiado grandes para su talla cayeron bocabajo y se ahogaron.

Desde los botes ya abarrotados, la gente golpeaba la cabeza y las manos de los nadadores que intentaban subir. Muchos fallecieron de hipotermia. El Báltico engulló lo que quedaba del Wilhelm Gustloff en apenas una hora. Se rescató a menos de un millar de náufragos. La madre de una de ellos, sin comprender el alcance del desastre, reprochó a su hija que hubiera perdido la maleta.

Los supervivientes no han hallado más que olvido e incomprensión. Algunos recibieron amenazas de las Juventudes Hitlerianas: la noticia del hundimiento no debía saberse, era un golpe demasiado fuerte para la moral del país. Para los soviéticos, torpedear un símbolo del nazismo representaba un triunfo, pero resultaba incómodo admitir que aquellos refugiados huían del Ejército Rojo en vez de celebrar, alborozados, la llegada de sus supuestos salvadores.

En la mente de los aliados, los millones de muertos del Holocausto eran demasiado apabullantes para compadecer a unos miles de víctimas alemanas, por muy inocentes que fueran. Los propios damnificados, como muchos otros alemanes, callaron por vergüenza y sentimiento de culpa, ya fuera por haber cooperado con el régimen, por no haber podido salvar a sus familiares o por los miles de ahogados que dejaron atrás en su lucha por la vida. Hoy en día, los que aún viven se llaman por teléfono cada 30 de enero, un rito privado de duelo y memoria.

El naufragio de Wilhelm Gustloff fue un lugar atractivo para los buzos hasta 1994, cuando las autoridades polacas lo declararon una tumba de guerra y prohibieron cualquier otra expedición con respecto a las miles de víctimas que quedaron sepultadas allí.

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