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'La marca de la depresión' por Paula M. Gonzálvez

‘La marca de la depresión’ por Paula M. Gonzálvez

Por Paula M. Gonzálvez (@pmgonzalvez)

La cifra toca a 350 millones de personas en el mundo actualmente, y alcanzará a 30 millones de ciudadanos europeos en algún momento de sus vidas: son enfermos de depresión. No sufren tristeza, ni desconcierto ante un problema, ni un bajo estado de ánimo motivado por algo sucedido en su vida reciente: padecen una enfermedad que puede ser muy grave en función del grado, tan desconocida como estigmatizada por una sociedad que, en teoría, vive en el siglo XXI y pregona la tolerancia. Al contrario de lo que piensan los que no la entienden, ‘nadie elige padecerla’.

“Estoy de bajón y no salgo con mis amigos”, “hoy como poco o nada porque algo me preocupa”, “tengo un problema que solucionar y estoy bajo de ánimo”… Son algunos de los considerados, de una manera completamente errónea, síntomas de depresión, ayudando simplemente a vulgarizar el término y logrando que la sociedad en general no tome en serio algo que es una enfermedad mental clínica diagnosticada por los psiquiatras, y que está siendo estudiada, incluso, para poder mirarla y entenderla desde términos biológicos.

Precisamente, acabar con el estigma social que azota a la depresión y que suma gravedad a la situación del paciente por la falta de comprensión del entorno, fue el foco central del XV Seminario Lundbeck, ‘La Depresión en Mayúsculas’, al que acudieron profesionales de la Psiquiatría y la Psicología de diferentes puntos de España.

La marca de la depresión

La depresión es la segunda enfermedad más incapacitante  en el mundo, solo superada por la cardiopatía isquémica en cuestión de prevalencia, y según las previsiones de la Organización Mundial de la Salud, en 2020 alcanzará la primera posición. Una enfermedad que, según los que la padecen y la han superado o han mejorado, “te deja marcado”, como confirma José Ramón Pagés, de la Fundación ANAED. Quizás esa marca radique en el hecho de que la depresión es una dolencia que hace al enfermo tomar conciencia de muchas cosas, especialmente a través del análisis que ejerce, y a largo plazo crecer personalmente. Son muchos los que afirman ser personas distintas tras pasar por ella, sintiéndose reforzadas ante la vida, que logran ver de una manera bien distinta.

Tan incomprendida es la enfermedad, así como el enfermo, que hoy en día podemos ser testigos de algunas represalias laborales tomadas a raíz de que un trabajador confiese su dolencia, término traducido por los ignorantes e intolerantes como ‘cuentos chinos’.

El perro negro

“Yo tenía un perro negro. Su nombre era depresión. Cada vez que el perro negro aparecía, me sentía vacío y la vida parecía detenerse. Sin ninguna razón y en cualquier momento, podía sorprenderme con su visita (…) Mentir para ocultar tus emociones es agotador” (Vídeo: Yo tenía un perro negro).

Una enfermedad tan ambiciosa que no se conforma con arrancar y quedarse con todas ‘las ilusiones’ de un ser humano: solo en Europa, el 7% de la mortalidad prematura corresponde a la depresión. Y no solo se encarga de quitar los placeres al paciente, sino que puede provocar síntomas cognitivos, como la pérdida de memoria o los problemas de concentración, además de ser una enfermedad crónica con muchas posibilidades de recurrencia, que se enfrenta a un reto social enorme: acabar con su estigma social. Normalizar la depresión como enfermedad.

“La tristeza no es depresión. La falta de adaptabilidad, el temperamento o la personalidad, las pérdidas naturales como el humor a la vejez… Ninguna de estas cosas es depresión”, asegura Enric Álvarez, director del Servicio de Psiquiatría del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, en Barcelona. De hecho, la enfermedad provoca vulnerabilidad al estrés, desencadenante de la ansiedad por la escasa tolerancia al mismo; reducción del umbral del dolor, que incrementa e incluso triplica las molestias físicas; la alteración de los ciclos circadianos, que hace perder la estructura del sueño; la dificultad para sentir placer por cualquier cosa que nos hiciera disfrutar: lectura, escritura, deporte… lo que desencadena pensamientos suicidas; el empeoramiento de la función cognitiva; la baja activación física, angustias, malestar estomacal, pesadillas, conductas destructivas, etc.

«Mi enfermedad mental tiene cura, tu estigma no»

Además del esencial tratamiento que un especialista debe valorar, hay pequeñas cosas que pueden favorecer una mejoría en pacientes: está comprobado que la dieta rica en tomate y la práctica del Taichí reducen el riesgo de recurrencia en pacientes que han sido tratados. Por otro lado, según el psiquiatra Luis Gutiérrez, del Hospital San Cecilio de Granada, “La tasa de mejoría es de casi el 70% y la de curación del 35%. Dos tercios de los pacientes responden al tratamiento, que hay que mantener independientemente de que el paciente ya no tenga síntomas. Este es uno de los grandes problemas de psiquiatría, que los pacientes tomen el tratamiento. Además, la medicina debe ser individualizada: conseguir un traje a medida del paciente”.

La depresión es la enfermedad con mayor carga de años vividos con discapacidad, dentro de los trastornos mentales. “Es algo cualitativamente diferente, incluso, a cuando pierdes un hijo, porque el paciente desconoce la causa. Es muy importante el papel del entorno y la compresión de la enfermedad. Imaginad que alguien nos culpara por padecer cáncer”, explica la doctora en Psicología Margalida Gili, de la Universitat de les Illes Balears, al tiempo que cita una campaña: “Mi enfermedad mental tiene cura, tu estigma no”. Tan nociva como particular, no hay dos depresiones iguales.

Paula M. Gonzálvez (@pmgonzalvez)

Foto: Mujer deprimida Shutterstock

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