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La Batalla de Little Bighorn: El alto precio de la osadía de Custer

Por Crónicas de Ares | Los valles y barrancos que rodean el valle de Little Bighorn en Montana, ocupan un lugar único en la historia estadounidense. Durante una cálida tarde junio de 1876, tuvo lugar aquí la última batalla de George Armstrong Custer, el querido “General Niño” de Estados Unidos, héroe de la guerra civil. Fue la contienda más famosa del conocido 7° Regimiento de Caballería y se recuerda como una de las más heroicas del ejército de Estados Unidos, mientras trataba de expulsar a los indios de sus tierras. Heroísmo salpicado por la mala decisión de Custer de hacer frente a un enemigo que le superaba en número por 10 a 1. Es la Batalla de Little Bighorn, el mayor triunfo de los nativos de las Grandes Llanuras sobre el Ejército de los Estados Unidos.

Para hallar el origen de esta masacre es necesario retroceder hasta el final de la Guerra Civil de Estados Unidos en 1865. Tras la conquista en algunas ocasiones, o adhesión en otras, de regiones como Texas, México y Oregón, el presidente de los Estados Unidos se percató de que la expansión de su país se veía frenada por un territorio -el indio- que, al estar ubicado en el centro del continente, impedía la comunicación de los dos extremos del país.

El presidente Andrew Johnson armó en los años posteriores a la Guerra de Secesión a sus hombres y les ordenó que empujaran a las diferentes tribus hasta reservas apartadas en las que pudieran vivir como deseasen y no entorpeciesen la creación de su país. Los nativos, como era de esperar, no reaccionaron demasiado bien a estas exigencias y se equiparon a base de arco, flecha y hacha para defender sus territorios y atacar -de forma sumamente sangrienta, eso sí- a todo aquel colono que se atreviese a pisar sus tierras.

La violencia se generalizó, y Estados Unidos reaccionó creando contingentes como el Séptimo Regimiento de Caballería. Esta unidad nació aproximadamente en 1868 con la finalidad de salvaguardar la integridad de los anglosajones en la frontera entre Norteámerica. El objetivo era honorable, pero la realidad es que se vio sumamente manchado por los excesos que cometieron sus soldados contra la población indígena. Todos ellos, por cierto, ordenados por su líder, George Armstrong Custer (un inepto militar que había demostrado su mediocridad en la academia para oficiales al graduarse el último y que destacaba por adorar la sangre nativa, al tiempo que era sumamente egocentrista. Se dice que fue más fotografiado que el propio Abraham Lincoln).

Este oficial, muy querido por el pueblo estadounidense desde la Guerra de Secesión, se hizo rápidamente famoso por atacar cruelmente poblados de indígenas y por no dejar que ninguno de sus enemigos (ancianos, mujeres y niños en muchos casos) escapase con vida. Un mal menor, que pensaban sus superiores, si con ello tenían garantizado expulsar a sus enemigos de allí y deportarles a las reservas.

Los primeros en actuar fueron los Estados Unidos que, representados por el presidente Johnson dio órdenes de cumplir lo que había sido estipulado meses atrás. Es decir, de perseguir hasta la muerte a todos aquellos indios que siguiesen pululando por el territorio nativo. Una región que -según el mandamás- pertenecía legítimamente a Norteamérica.

La tarea se le encargó al general Phillip Sheridan. Este estableció que armaría a un gran contingente de soldados con el que aplastaría a sus contrarios. El plan parecía destinado a funcionar. Sin embargo, este primer intento de encerrar de una vez por todas a los emplumados salió por la culata del fusil del ejército de los Estados Unidos debido -entre otras cosas- al frío que hacía cuando se llevó a cabo la campaña. Las tropas, superadas por los nativos, no tuvieron más remedio que retirarse y regresar al calor de sus hogares.

Aunque la conclusión del plan fue mala, la decisión ya estaba tomada, por lo que se volvió a organizar una expedición para cumplir por las bravas la misión del presidente. Lo que no sabían, para su desgracia, es que aquella fuerza indígena no estaba compuesta de un pequeño contingente de hombres sin entrenamiento, sino que contaba con cientos de guerreros experimentados de varias tribus. Todas ellas, lideradas por dos viejos conocidos del ejército de los Estados Unidos: Caballo Loco y Toro Sentado. Estos, se habían unido para enfrentarse al fin al hombre blanco y defender así las tierras de sus antepasados.

Sin saber la que se le venía encima, el presidente de los Estados Unidos organizó una gran fuerza militar para lograr derrotar por fin a los indios. Este estaba formado por tres columnas, cada una de ellas al mando de un peso pesado de la oficialidad americana. Estas tenían el objetivo de atacar el gran campamento enemigo -que, según los exploradores, estaba presuntamente en Montana- desde tres puntos diferentes: sur, este y oeste. La primera contaba con 970 soldados, 80 civiles y 260 exploradores crows y shoshonis. Su viaje comenzó hacia territorio indio el 29 de mayo desde Wyoming a las órdenes del general de brigada George Crook.

La segunda sumaba 401 hombres. Pertenecían a cuatro compañía del 2º Regimiento de Caballería y seis del 7º Regimiento de Infantería, además de una batería Gatling y 25 exploradores indios. La misma estaba dirigida por John Gibbon, conocido por utilizar como nadie la artillería en campaña. Este contingente partió de Montana el 30 de marzo en dirección a Yellowstone.

La tercera columna fue la más numerosa, pues contaba con más de 1.000 hombres (45 oficiales, 968 suboficiales y soldados, 170 civiles y 40 exploradores). Estaba compuesta por dos compañías del 17ª Regimiento de Infantería, una batería gatling, cuatro compañías y media del 6º Regimiento de Infantería, y el 7º Regimiento de Caballería al completo, con sus 12 escuadrones.

Este contingente estaba dirigido por el general de brigada Alfred Terry. En lo que respecta a los mandos que había por debajo suyo, lo cierto es que hubo cierta discordia. Y es que, el general Philip Sheridan había logrado que el mismísimo presidente de los EE.UU. aceptara que estuviera al frente del 7º de Caballería el teniente coronel Custer. Una decisión que no había gustado demasiado al mandamás debido a que el arrojado oficial de pelo rubio se hallaba por entonces suspendido de empleo y sueldo. ¿La razón? Haber fusilado a varios desertores sin juicio previo. A pesar de que, en principio, el líder se negó a ello, acabó cediendo a sabiendas de la amistad que mantenían ambos oficiales.

Custer volvía a estar al mando de sus antiguo Regimiento, y no quería desperdiciar la oportunidad de alcanzar la gloria. Comandó 31 oficiales, 566 soldados, 15 civiles, y unos 35 – 40 exploradores. Por voluntad del propio Custer, se había prescindido de las fuerzas que le ofrecieron como apoyo. A su vez, el torpe oficial ordenó a sus hombres que dejasen en casa los sables para cabalgar más rápido y acudiesen a la contienda únicamente con sus carabinas Springfield monotiro modelo 1873 -con 100 cartuchos- y un revolver Colt con 25.

Los ejércitos se movilizaron en mayo con dirección a Montana. Tras un encuentro furtivo el 17 de junio contra un contingente de exploradores dirigido por Toro Sentado, los indios se dirigieron hacia su campamento, ubicado cerca del río Little Bighorn -un territorio ubicado en Montana y que destacaba por ser rico en búfalos la base de la economía nativa-. En aquel emplazamiento había 7.000 indios, aproximadamente 2.000 de ellos guerreros experimentados. Se habían unido nativos sioux, arikara, cheyenne, arapahoe y otras tribus menores. Los jefes indios se dieron cuenta de que esto era una guerra y decidieron que tenían que unirse para defenderse con eficacia.

Era la primera vez que los nativos lograban reunir un ejército de estas dimensiones y estaban dispuestos a plantar cara al hombre blanco de una vez por todas. Además, el ánimo de los pieles rojas estaba más en alza si cabe gracias a que en sus filas estaba Caballo Loco, un líder treintañero conocido por ser un firme defensor de las tradiciones indias, por su fiereza en la lucha y por haberse convertido en una auténtica pesadilla para las fuerzas estadounidenses.

En lo que respecta al armamento, aproximadamente dos de cada diez indios contaban con fusiles Winchester 44 que les otorgaban cierta ventaja con respecto al ejército de los Estados Unidos. Y es que, mientras que los militares se veían obligados a recargar sus carabinas Springfield entre disparo y disparo (perdiendo una gran cantidad de tiempo), ellos podían hacer varios tiros seguidos gracias al sistema de repetición de sus armas. A su vez, el rifle de los militares había demostrado tener un claro problema: solía encasquillarse en los momentos más inesperados. Tampoco escaseaban los arcos, las flechas, las hachas y los cuchillos en el bando de Caballo Loco.

El punto de encuentro planeado de las tres columnas era la desembocadura del río Rosebud (ubicado al sudoeste de Montana, cerca de donde les habían informado sus exploradores que se hallaba el campamento indio). A finales de junio, los dos contingentes restantes (las columnas segunda y tercera) se reunieron allí.

Adaptaron sus planes y decidieron que, mientras las columnas unidas de Terry y Gibbon se moverían hacia los ríos Big Horn y Little Big Horn, al sudoeste de Montana, el 7º Regimiento de Caballería de Custer avanzaría al descubierto río Rosebud arriba para tomar posiciones, [explorar el terreno] y dar tiempo a que la primera columna de Crook se rehiciese. Los oficiales esperaban pillar así entre dos fuegos el campamento de los indios, que según todos los informes que iban recibiendo era el mayor nunca visto en la historia. Aun así, confiaban plenamente en la victoria.

De esta forma, el teniente coronel Custer avanzó a buen paso hacia el este del campamento de Caballo Loco y Toro Sentado; mientras que Terry y Gibbon lo hicieron por el sur para envolver al enemigo. El 25 de junio de 1878 fue informado de que, a pocos kilómetros de su posición (en Little Bighorn) los indios habían establecido su campamento. Los explorados enviados le informaron de que, a primera vista, no habría más de un millar y medio de indios en la zona. A pesar de que les doblaban en número según esas primeras estimaciones, el oficial no pudo recibir con mayor felicidad la noticia, pues sabía que sus experimentados jinetes podían ser triplicados en número por los nativos y, aun así, y salir victoriosos. Lo que no sabía es que se escondían realmente entre 7.000 y 9.000 enemigos. En lugar de esperar a las otras columnas, se preparó para atacar de inmediato el campamento indio. Excitado por la posibilidad de alcanzar la gloria él solo, no espero siquiera a conocer con exactitud las fuerzas a las que iba a enfrentarse.

Custer aplicó la siguiente táctica: dividir el ejército y atacar al contrario desde varios puntos para, así, cortar su posible retirada. Así pues, formó cuatro columnas con sus casi 600 subordinados.

1-La primera, dirigida por el mayor Marcus Reno, estaba formada por 175 hombres. Su objetivo era flanquear el campamento enemigo, llegar hasta el sur de su posición, y atacar desde allí pie en tierra.

2-La segunda, al mando del capitán Frederick Benteen, contaba con entre 115 y 120 jinetes divididos en tres compañías. Este contingente recibió órdenes de Custer de ubicarse al oeste de las posiciones indias y cargar desde allí contra los nativos.

3-El propio Custer dirigía la tercera columna. Esta era la más numerosa al estar formada por 210 hombres (5 compañías). Su misión sería la de cargar frontalmente contra el enemigo. Hacer las veces de un martillo.

4-Finalmente, el capitán McDougal se quedaría en retaguardia, al este de la posición, para proteger la caravana de provisiones y para reforzar a cualquier columna que se encontrase en dificultades durante la lucha. Su fuerza la componía unos 135 jinetes.

Como estaba previsto, el primero en moverse fue el mayor Reno. Este avanzó junto a sus hombres hacia el sur del campamento indio para iniciar el ataque del 7º de Caballería. Tras atravesar un río Reno ordenó desmontar a sus soldados, tomar posiciones, e iniciar el fuego contra los nativos a eso de las tres de la tarde. En principio, los disparos fueron letales y causaron pavor entre los indios. Sin embargo, la situación cambió drásticamente cuando multitud de hombres dirigidos por Caballo Loco comenzaron a devolver los disparos. Con el paso de los minutos y la salida de decenas de cartuchos de los fusiles de ambos bandos, Reno se percató del gran número de enemigos que había en el campamento de los pieles rojas. Por cada indio que caía, otro ocupaba su lugar. Al final, después de que cayeran varios de sus hombres, el mayor no tuvo más remedio que ordenar el repliegue.

Temiendo realmente por su vida, Reno giró sobre sí mismo y se dirigió, seguido por sus hombres, hacia una colina cercana en la que poder establecer una mejor defensa. Lo cierto es que la idea no era mala, pero sí la forma de llevarla a cabo. Y es que, en lugar de replegarse de forma ordenada disparando constantemente a sus enemigos para evitar que se acercaran, los soldados del 7º de Caballería cometieron un grave error imperdonable en tiempos de guerra: dar la espalda al enemigo en el campo de batalla. Esto permitió a los nativos salir al galope en su persecución y aniquilar sin oposición a decenas de caras pálidas. Al llegar a la colina la situación era dantesca. Habían muerto unos 40 hombres y 37 habían desaparecido.

Por suerte para Reno, cuando peor pintaban las cosas llegaron hasta su posición Benteen y sus hombres. El oficial, que en principio andaba buscando a Custer para realizar un ataque conjunto con él desde el norte, decidió quedarse con el mayor y ayudar a la diezmada columna aliada a defender el territorio.

Custer, ávido de gloria y egocéntrico como el que más, ordenó a sus jinetes preparar el ataque contra el campamento desde el norte. Se había hartado de esperar a Benteen y, a pesar de que había visto con sus propios ojos la gran cantidad de combatientes indios, no estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad de destruir a los hombres de Caballo Loco.

Custer se lanzó con sus hombres contra el enemigo. En ese momento entró en acción Caballo Loco y su gran capacidad como líder militar. Caballo Loco, astutamente, dejó un pequeño contingente encargado de seguir acosando a las tropas de Reno y Benteen, y con el resto acudió a toda prisa al encuentro de Custer. La defensa a ultranza planteada por el jefe Gall, reforzada todavía más por los combatientes llegados desde la colina, resistió sin problemas la primera carga de la columna del 7º de Caballería dirigida por Custer. Las esperanzas, en cambio, se apagaron en el momento exacto en el que observaron como Caballo Loco -junto a unos 1.200 guerreros- les rodeaba por su flanco derecho en un increíble movimiento estratégico.

Superados en un número de 15 a 1, los hombres del 7º de Caballería podían hacer dos cosas. La primera era correr para tratar de salvar la vida. Muchos lo intentaron, pero fueron aniquilados en su huida por los nativos. La otra era tratar de defender una posición hasta que llegasen refuerzos. Custer, que aunque ególatra no tenía un pelo de cobarde, se decidió por la segunda.

Además de ser más, estar bien armados y luchar por sus familias, los indios sabían que era solo cuestión de tiempo que los soldados del 7º de Caballería cayeran ante su empuje. Esta situación se vio además beneficiada por los arcos que portaban la mayoría de los pieles rojas, porque con ellas no tenían necesidad de sacar la cabeza para apuntar.

En menos de media hora acabó todo. Después de tiros de fusil, combates cuerpo a cuerpo y flechas, los indios aniquilaron a toda la columna de Custer y, por descontado, al propio «Cabellos largos». El cómo vivió el oficial sus últimos momentos es, a día de hoy, un misterio. La leyenda le muestra disparando sus dos Colt en todas direcciones y animando a sus hombres a combatir. Así, hasta que fue asesinado (más de siete nativos se atribuyeron su muerte).

Aunque las bajas no fueron excesivas para una campaña de tal magnitud (320 entre muertos -270- y heridos -50-) la escasa cantidad de indios aniquilados (unos 50) y la dimensión psicológica de la derrota hicieron que la contienda causase una profunda vergüenza al ejército norteamericano. Tampoco ayudaron las vejaciones que los nativos cometieron contra los cuerpos inertes de los soldados (a los que quitaron las cabelleras, acuchillaron hasta la saciedad, y un largo etc.).

Imagen portada: Wikipedia

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