El «otro cerebro»: las neuronas que mueven nuestras tripas

El «otro cerebro»: las neuronas que mueven nuestras tripas

José Antonio Uranga, Universidad Rey Juan Carlos y Raquel Abalo Delgado, Universidad Rey Juan Carlos

“Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas”.

Esta frase la puso Cervantes en boca de Don Quijote. Todos sabemos más o menos cómo son y para qué sirven “las tripas”. Pero ¿cómo se gobiernan? Más en concreto, ¿por qué y cómo se mueven?

No sólo hay neuronas en el cerebro. Estas células también abundan en el tracto digestivo (nuestras tripas). Estas neuronas se agrupan en dos plexos, el submucoso y el mientérico, descubiertos a finales del siglo XIX por Meissner y Auerbach, respectivamente. Juntos forman el llamado “sistema nervioso entérico” (SNE).

El sistema nervioso entérico y el cerebro se comunican

El SNE forma parte del sistema nervioso autónomo, lo que implica que “va por libre”. Es decir, no podemos modificar sus acciones a voluntad, como tampoco podemos hacerlo con nuestro ritmo cardíaco. Por otro lado, controla intrínsecamente (desde dentro del tubo) todas sus funciones, aunque éstas son moduladas por el sistema nervioso central y las hormonas, además de las células inmunes y la microbiota.

De hecho, el denominado eje intestino-cerebro explica las “mariposas en el estómago” que todos hemos sufrido alguna vez ante situaciones de estrés emocional, y sus alteraciones explican trastornos funcionales como el síndrome de intestino irritable. Es más, este eje también está implicado en la aparición de algunas enfermedades neurodegenerativas, como el “mal de las vacas locas” o, incluso, la enfermedad de Parkinson. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

Los movimientos digestivos “normales”

Siguiendo con la estructura del tubo digestivo, cuenta con dos capas de musculatura. Una circular, más interna y gruesa; y otra longitudinal, más externa y fina. Las fibras musculares del tubo digestivo tienen capacidad para contraerse y relajarse, pero no pueden hacerlo solas. Entre ambas capas musculares están las neuronas del plexo mientérico, encargadas del movimiento autónomo –que no desorganizado– de nuestras tripas.

Las neuronas mientéricas son muy variadas. A lo largo del siglo XX, diversos investigadores estudiaron sus características morfológicas (forma) y electrofisiológicas (actividad eléctrica), sus proyecciones (hacia dónde se dirigían sus axones para transmitir la información nerviosa) y su contenido molecular (qué enzimas y neurotransmisores contenían).

Los resultados permitieron establecer todo un código de identificación, una especie de “huella digital” que relaciona todas estas características. Este código sirve para clasificar los millones de neuronas del plexo mientérico –¡se estima que el SNE tiene tantas neuronas como la médula espinal!– en unas 20 categorías.

Sólo algunas de esas neuronas mientéricas son realmente determinantes para el movimiento intestinal. Concretamente, las neuronas sensoriales captan el nivel de tensión de las fibras musculares y los cambios en el contenido químico de la “luz” del tubo digestivo (el espacio hueco por donde discurre el bolo alimenticio). Ante esos cambios, responden emitiendo señales nerviosas que informan a otras neuronas del plexo: las interneuronas y las motoneuronas. Las primeras transmiten la señal a otras neuronas mientéricas, mientras que las motoneuronas actúan sobre las fibras musculares.

El sistema básico o reflejo peristáltico, relativamente simple, lo que hace es relajar las fibras musculares que tienen que dejar pasar el bolo hacia el ano y contraer las que están más cerca de la boca y tienen que empujarlo.

Eso significa que, en condiciones normales, gracias al trabajo coordinado del músculo y las neuronas mientéricas, tras una comida el tubo se mueve para empujar el alimento en dirección oral-anal. También puede moverse “entre comidas” para hacer “operaciones de mantenimiento” o de limpieza. En esa limpieza participan las células intersticiales de Cajal, descritas por el premio Nobel, que no son neuronas ni células musculares, sino células marcapaso que generan un cierto ritmo motor.

Movimientos cuando “algo no va bien”

Claro que el tubo digestivo también puede moverse (o dejar de hacerlo) en condiciones no fisiológicas. Esto es, “cuando algo no va bien”. En ese caso pueden producirse movimientos hacia la boca y no hacia el ano, como ocurre en el vómito o emesis. Esto ocurre cuando algo “nos sienta mal” (alimentos en mal estado), cuando ingerimos muy rápidamente una gran cantidad de alimentos y estos son muy calóricos –una copiosa cena de Navidad, por ejemplo–, o cuando tomamos ciertos fármacos “emetógenos”, como los anticancerosos.

Más allá del estómago, también podemos encontrarnos con diarreas o con estreñimiento. Por ejemplo, algunos fármacos anticancerosos ocasionan diarreas, con riesgo de deshidratación para los pacientes, lo que obliga muchas veces a hospitalizarlos. Otros paralizan el intestino y la evacuación de las heces, lo que se conoce como “íleo paralítico”, que puede ocasionar dolor abdominal intenso, de tipo cólico, obstrucción intestinal y hasta perforación intestinal… ¡Una auténtica urgencia médica!

Determinadas patologías –como la diabetes– o fármacos –como los anticancerosos– pueden ocasionar además una enfermedad en las propias neuronas del digestivo. Esta neuropatía implica alteraciones en su forma, en su actividad eléctrica y en su contenido químico. Trastornos que acaban repercutiendo en la actividad motora gastrointestinal y afectando a la calidad de vida del paciente. Actualmente se investigan posibles soluciones a éstas y otras alteraciones, incluyendo el uso de distintos tipos de células madre.

Lo que parece indiscutible es que, aunque ha pasado más de un siglo desde su descubrimiento, las neuronas mientéricas, esas que hacen que nos “suenen las tripas”, aún nos reservan muchos secretos.

José Antonio Uranga, Profesor de Biología Celular e Histología, Universidad Rey Juan Carlos y Raquel Abalo Delgado, Catedrática de Farmacología, Universidad Rey Juan Carlos

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original. / Imagen: Shutterstock

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