Crónicas de Ares: La guerra mexicano – estadounidense, una pugna con consecuencias vigentes

Por Crónicas de Ares | La historia de las relaciones entre México y Estados Unidos ha estado plagada de enfrentamientos y hechos que derivan de interés expansionista e imperial del gigante del Norte. La cuestión de Texas y la guerra entre estos dos países terminó con la cesión de México de más de la mitad de su territorio y el pago de Estados Unidos por indemnización de 15 millones de dólares, un desequilibrio que hasta el sol de hoy sigue marcando las relaciones entre estos países de Norteamérica. Así fue cómo Estados Unidos se apropió de un vasto territorio que aún respira aliento latinoamericano.

Orígenes del conflicto, la cuestión de Texas

Las relaciones entre el territorio de México desde que era un virreinato español y luego como Estado independiente, y la recién nacida nación estadounidense estuvieron siempre llenas de altibajos. Intereses cruzados y divergentes provocaron finalmente, en 1846, el inicio de un conflicto abierto entre ambas potencias, que venía precedido de la cuestión de Texas, la anexión que hicieron los estadounidenses de facto de un territorio que era de México. La guerra entre estos dos países no vivió enormes campañas militares, como las que se habían sucedido en Europa a comienzos de siglo, pero sus consecuencias marcaron a partir de entonces el destino de los dos países.

Tras obtener la independencia México, el país mantuvo en gran medida los acuerdos que España había tenido con los recién emancipados Estados Unidos, sobre todo en materia fronteriza y territorial. Entre estos tratos o cesiones se encontraba la cuestión de la inmigración estadounidense en suelo mexicano. Durante la época colonial, un nutrido número de pioneros estadounidenses se habían establecido principalmente en dos territorios: Texas y la Alta California, donde estos inmigrantes consiguieron crear una comunidad bastante fuerte, especialmente en la primera.

¿Cómo ocurrió esto? Texas estaba muy poco poblada por hombres, con cerca de 3500 colonos en 1821, en su mayoría congregados en San Antonio y La Bahía,​ a pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades para aumentar la población de colonos a lo largo de la frontera. La población de colonos era superada en número por las tribus indígenas. Para aumentar el número de colonos, México promulgó la Ley General de Colonización en 1824, la cual permitió a todos los jefes de familia, sin importar la raza, la religión o la condición de inmigrante, venir a México. Por medio de concesiones españolas primero y ratificadas por el gobierno independiente de México después,inmigrantes anglo-americanos, principalmente del sur de Estados Unidos, comenzaron a emigrar a Texas Mexicana a principios de la década de los 1820.

A los inmigrantes estadounidenses que se habían establecido en territorio de Texas se les pedía, por supuesto, acatar las leyes mexicanas. No obstante, los problemas con esta comunidad inmigrante llegaron por la cuestión de la esclavitud, la cual se abolió definitivamente en México en 1829. Esto asestó un duro golpe económico para los estadounidenses texanos, que basaban sus actividades en la mano de obra esclava y que por tanto perderían la mayor parte de su fuerza de trabajo. Aunque en un principio lograron una excepción para su territorio, esta duraría tan poco como la estabilidad política de México.

En la década de 1820 e inicios de la de 1830 México se había convertido en un hervidero de conspiraciones y de inestabilidad política. En estos años se hizo con el poder el general Antonio López de Santa Anna, quien se rebeló contra el gobierno electo en las urnas. En este golpe de Estado logró imponer su voluntad y colocar de presidente a Vicente Guerrero, manteniéndose él como jefe del ejército mexicano. Aprovechando estas intrigas políticas en la capital de la República, los inmigrantes estadounidenses texanos azuzados por el empresario Stephen Austin, que había favorecido la colonización de estadounidenses en Texas, se pusieron en pie de guerra y pidieron que se les concediera la independencia, ya que ellos habían jurado lealtad al gobierno constitucional y no a las nuevas autoridades nacidas del golpe de Estado.

La guerra de Independencia de Texas comenzó el 2 de octubre de 1835 con el ataque de milicias y colonos contra las autoridades mexicanas en la batalla de Los González, se inició con una sucesión de contundentes victorias de las armas mexicanas que sobrevino al asedio de El Álamo, pero la ambición y el exceso de confianza de Santa Anna le llevó a adentrarse en territorio enemigo en persecución de los combatientes texanos, en retirada. Pero estos, conscientes de la debilidad del rival, se reagruparon y sorprendieron al ejército de Santa Anna en la batalla de San Jacinto, el 21 de abril de 1836. En ese lugar, el general Samuel Houston condujo a los rebeldes tejanos y a los voluntarios estadounidenses a una aplastante victoria contra tropas mexicanas, al mando de Antonio López de Santa Anna, saldándose con el general capturado tras la batalla, quien se vio obligado a firmar el Tratado de Velasco, que reconocía de facto la independencia del territorio. Tras la conclusión de la guerra, se formalizó la anexión de la República de Texas de facto. El congreso mexicano nunca aceptó el Tratado de Velasco argumentando que al estar firmado por un presidente preso, no tenía ninguna validez legal.

El Gobierno de México nunca reconoció este tratado y mantuvo el pulso por recuperar Texas, donde las incursiones militares mexicanas continuaron hasta que en diciembre de 1845 el territorio fue incorporado de manera definitiva a Estados Unidos, que alcanzó con ello un objetivo que perseguía desde 1825, cuando envió sendas ofertas a México para su compra que fueron rechazadas de manera tajante. Aunque Estados Unidos no intervino directamente en el conflicto, sí que apoyó a los texanos y dejó que voluntarios estadounidenses se integraran en sus filas. Las relaciones entre México y Estados Unidos se estaban degradando a un ritmo alarmante, y la anexión no fue sino el paso previo a una guerra que no tardaría en llegar.

Estados Unidos va por más

Abierto su apetito expansionista, Estados Unidos, imbuido ya por el espíritu de la doctrina del Destino manifiesto (una frase e idea que expresa la creencia en que los Estados Unidos de América es una nación elegida y destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico), no estaba dispuesto a conformarse solo con Texas.

Recordemos que México había desconocido la validez del Tratado de Velasco, la independencia de Texas y el nuevo límite fronterizo (el límite entre los estados de Tamaulipas y Texas era el río Nueces y no el río Bravo, como establecía el Tratado de Velasco). En los años siguientes se produjeron algunas incursiones militares de tropas mexicanas que llegaron a ocupar San Antonio, pero que acabaron replegándose en cada ocasión al sur del río Bravo. En 1845 Texas ingresó como parte de los Estados Unidos con categoría de estado, y ese evento desencadenó los sucesos que habrían de conducir a la guerra. Ese mismo año crecieron las tensiones entre los dos países sobre estos territorios cuando el gobierno de Estados Unidos ofreció pagar la deuda mexicana a los colonos estadounidenses si México permitía que Estados Unidos le comprara los territorios de Alta California y Nuevo México, siendo rechazada la propuesta por el gobierno mexicano, rompiéndose las relaciones diplomáticas entre ambos países vecinos y se retiró de Washington el representante del gobierno mexicano, Juan Nepomuceno Almonte.

Esa propuesta de la administración estadounidense de adquirir Nuevo México y Alta California avivaron la chispa. Las autoridades federales mexicanas se negaron una vez más a vender su territorio a los estadounidenses, decisión que colocó al país en un punto de no retorno en la senda de la guerra. Los estados sureños de Estados Unidos fueron los que con más entusiasmo apelaban a un conflicto abierto y a finales de diciembre de 1845, el presidente estadounidense James K. Polk, que compartía su ardor belicista, movió ficha y envió un pequeño contingente al mando del general de división Zachary Taylor a una zona en disputa, el territorio que se extendía entre el río Nueces y Río Grande. El general Taylor, con órdenes presidenciales, llegó allí en marzo de 1846 y a finales de abril estallaron las primeras escaramuzas con unidades mexicanas. Fue entonces cuando el presidente James K. Polk solicitó al Congreso la declaración de guerra, que este ratificó el día 13 de mayo de 1846. La guerra de México-Estados Unidos había comenzado.

Hasta este momento, Estados Unidos había conseguido engrosar su territorio sin apenas haber disparado un mosquete desde la Guerra de Independencia, en su gran mayoría adquirido mediante pagos. La guerra contra México cambiaría esto y supondría el nacimiento de un Estados Unidos beligerante y militarista con sus vecinos. No obstante, James K. Polk había planteado un conflicto limitado, no quería una aniquilación mexicana, sino un conflicto que durara lo justo e infligiera el daño suficiente para obligar a México a comprar la paz cediendo los territorios de Nuevo México y Alta California. En total, la guerra duraría aproximadamente quince meses y aunque la resistencia mexicana fue relevante en algunos enfrentamientos, lo cierto es que las victorias norteamericanas se sucedieron casi sin interrupción hasta el final. El ejército mexicano estaba en sus horas más bajas cuando los Estados Unidos atacaron y esto quedó demostrado en los campos de batalla.

Después de las declaraciones de guerra, las fuerzas estadounidenses invadieron territorio mexicano en diversos puntos. En el Pacífico, la fuerza naval al mando de John D. Sloat fue enviada para ocupar California y reclamarla para Estados Unidos, debido a preocupaciones de que Gran Bretaña también intentase ocupar el área. Sloat se alió con colonos anglosajones del norte de California quienes previamente habían declarado una República Independiente de California y habían ocupado varias ciudades clave. El gobierno de Estados Unidos ordenó a su ejército atacar los siguientes puntos de México: Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y otros puntos hacia el sur. También invadió Monterrey (Alta California). Por otra parte, se bloquearon los puertos de Tampico, Frontera Carmen, Guaymas, Mazatlán y San Blas, entre otros.

La República de México no estaba preparada para la guerra y sus pobres fuerzas armadas no podrían repeler todos los avances. El caos fue tal que las autoridades mexicanas se vieron obligadas a llamar de nuevo al general Santa Anna, exiliado en Cuba desde la independencia de Texas, para dirigir sus fuerzas. El ejército estadounidense lanzó tres operaciones principales sobre la Alta California (junio de 1846-enero de 1847), Nuevo México (agosto de 1846-febrero de 1847) y continuando la ruta de Texas hacia Ciudad de México (mayo de 1846-febrero de 1847) apoyadas por dos campañas navales que se encargaron de tomar primero los puertos de Alta California y tiempo más tarde el puerto de Veracruz (abril de 1847-septiembre de 1847). Esta última propició el avance sobre Ciudad de México, que culminó con la caída de la capital y la derrota final del país latinoamericano.

Las fuerzas norteamericanas que lucharon sobre el terreno alcanzaron los 30 000 hombres, aunque en total se alistaron 72 000 voluntarios. Ocupando puestos de oficialidad se encontraban personajes como Robert E. Lee, Ulysses S. Grant, William T. Sherman, George G. Meade, y un largo etcétera que serían después destacados comandantes en la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865).

Así fue la guerra mexicano – estadounidense

El primer enfrentamiento de la guerra se sucedió el día 8 de mayo de 1846, cuando el contingente del general Taylor se enfrentó al general mexicano Mariano Arista en la batalla de Palo Alto. Aunque ninguno de los dos contingentes sufrió en exceso, los mexicanos se retiraron del campo de batalla. La victoria estadounidense se debió básicamente a que su despliegue artillero fue mayor. Al día siguiente, ambos contingentes volvieron a enfrentarse en Resaca de la Palma, donde los estadounidenses volvieron a imponerse a las fuerzas mexicanas. Con este enfrentamiento Taylor expulsó a los mexicanos del territorio en disputa y tomó la ciudad de Matamoros. A partir de aquí esperó refuerzos para continuar las operaciones en suelo oficial mexicano.

En junio, los mexicanos debieron enfrentarse a otro problema. En el territorio de la Alta California comenzó una rebelión contra el poder central. La rebelión californiana fue iniciada por el topógrafo John C. Fremont, que adoptó la bandera con el oso y la estrella roja para el nuevo estado independiente. El ejército mexicano estaba poco preparado para la lucha y aunque lograron retrasar la pérdida del territorio, los estadounidenses lograron una victoria tras otra. El comodoro Sloat se encargó de la toma de San Francisco (8 de julio) y de San Juan Bautista (17 de julio).

El comodoro Sloat fue sustituido en el mando por Stockton, quien llevó a cabo la ocupación de San Diego (29 de julio), San Pedro (6 de agosto) y Los Ángeles (13 de agosto). El 2 de agosto también se inició la campaña contra el territorio de Nuevo México, dirigida por el coronel de dragones Esteban W. Kearney que con un ejército de 1700 hombres logró tomar Las Vegas, San Miguel y Santa Fe en una misma semana, sin encontrar resistencia por parte del ejército mexicano. Tanto en Alta California como en Nuevo México los comandantes mexicanos no pudieron hacer nada más que huir, aunque soldados y civiles que quedaron atrás organizaron una defensa desesperada por detener el avance estadounidense. En Alta California esta resistencia se llevó a cabo en forma de guerra de guerrillas hasta el 13 de enero de 1847 cuando fueron finalmente sometidos; en Nuevo México esta resistencia aguantó hasta el 3 de febrero. Comparando ambas defensas, Alta California llevó a cabo una oposición más férrea gracias a la guerra irregular.

Tras haber sido el primer militar estadounidense en combatir a los mexicanos, el general de división Zachary Taylor, al frente de 6000 hombres, se enfrentó una vez más al ejército regular de Santa Anna en la población de Monterrey el 19 de septiembre de 1846. La batalla se produjo en un lugar propicio para la defensa mexicana, quienes contaban con 5000 soldados. Tras una dura lucha calle por calle y la toma de las fortificaciones mexicanas, Taylor se abrió paso una vez más con unas bajas mínimas frente a las de su enemigo.

A finales de febrero de 1847, el general Taylor no había detenido su avance y volvió a combatir a las huestes mexicanas en Buena Vista. Allí el militar estadounidense se enfrentó al mismísimo general Santa Anna. Al final Santa Anna decidió retirarse hacia el sur y Taylor se hizo con la victoria, aunque a costa de pérdidas notables.

En marzo de 1847 la armada tomó el puerto de Veracruz, donde desembarcaron nuevos contingentes de tropas que deberían avanzar directamente sobre Ciudad de México, con cuya captura se esperaba el final de la resistencia. Este nuevo ejército llegado por mar estaba dirigido por el general de división Winfield Scott. A mediados de abril Scott se enfrentó al ejército de Santa Anna en Cerro Gordo. Allí, 8500 soldados estadounidenses se enfrentaron a 12 000 soldados mexicanos. A pesar de la superioridad numérica, como en Buena Vista, los mexicanos se vieron incapaces de inmovilizar a sus enemigos para que no salieran de las zonas de desembarco.

En marzo de 1847 la armada tomó el puerto de Veracruz, donde desembarcaron nuevos contingentes de tropas que deberían avanzar directamente sobre Ciudad de México, con cuya captura se esperaba el final de la resistencia. Este nuevo ejército llegado por mar estaba dirigido por el general de división Winfield Scott. A mediados de abril Scott se enfrentó al ejército de Santa Anna en Cerro Gordo. Allí, 8500 soldados estadounidenses se enfrentaron a 12 000 soldados mexicanos. A pesar de la superioridad numérica, como en Buena Vista, los mexicanos se vieron incapaces de inmovilizar a sus enemigos para que no salieran de las zonas de desembarco.

Los estadounidenses tuvieron graves problemas con las guerrillas que se organizaron por el territorio y no pararon de hostigarles en su avance; sin embargo, entre el 19 y el 20 de agosto, Scott se volvió a enfrentar a Santa Anna en la batalla de Churubusco. En dos días de enfrentamiento, los asaltos estadounidenses contra la posición del general mexicano hicieron que sus tropas se desmoronaran. El ataque frontal norteamericano dejó acorralados a muchos soldados, incluidos a los desertores del ejército estadounidense, principalmente inmigrantes irlandeses y alemanes católicos, del famoso Batallón San Patricio. La caballería de Scott persiguió a los que huían casi hasta las puertas de Ciudad de México. En Molino del Rey y Chapultepec el ejército de México luchó sus dos últimas batallas de la guerra. La primera de ellas se dio el 8 de septiembre, y fue un enfrentamiento con bajas notables para ambos bandos.

La batalla de Chapultepec fue el último intento desesperado de Santa Anna de acabar con los estadounidenses. Entre el 12 y el 14 de septiembre de 1847, las tropas de Scott asaltaron la fortaleza con la ayuda de un importante despliegue artillero y un asalto a las murallas utilizando escalas. A pesar de que fue realmente otro ataque frontal sin demasiada brillantez, la resistencia mexicana fue decayendo hasta que el día 14 de septiembre Santa Anna y sus tropas abandonaron el lugar. Ese mismo día el general de división Winfield Scott entraba triunfante en la capital de México. Las operaciones militares entre ambos ejércitos habían llegado a su fin.

Una vez finalizaron las hostilidades, las fuerzas estadounidenses ocuparon el territorio hasta que las nuevas autoridades mexicanas lograron firmar la paz definitivamente. El general Antonio López de Santa Anna abandonó el país de nuevo y se dirigió a Guatemala. La ocupación estadounidense de México se alargó nada menos que hasta 1848 y las condiciones para la paz fueron nefastas para el país latinoamericano. Todo ello se vio reflejado en el Tratado Guadalupe Hidalgo firmado el 25 de marzo de ese mismo año. Además de abrir una gran brecha en la política mexicana que llevó a un nuevo periodo de inestabilidad, el país debía ceder a Estados Unidos de manera definitiva Alta California, Nuevo México y reconocer de una vez por todas a Texas como parte de este.

Durante el curso de la guerra, murieron 13,283 soldados estadounidenses, pero solo unos 1733 en combate; los demás fallecieron por enfermedades y condiciones insalubres, cosa bastante habitual en las guerras de la época. Se estima que murieron 25,000 soldados mexicanos, pero solo 16,000 murieron en combate, por enfermedades y otras causas.

Así, la República de México perdió aproximadamente un 55% de su territorio, que comprende la totalidad de lo que hoy son los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma. Además, México renunciaría a todo reclamo sobre Texas y la frontera internacional se establecería en el río Bravo que todavía hoy día sigue vigente. En las últimas cláusulas del tratado, Estados Unidos se comprometió a pagar quince millones de dólares por los territorios cedidos, además de una compensación a los ciudadanos mexicanos de cinco millones de pesos. La Guerra México-Estados Unidos de 1846-1848 inauguró el inicio de un nuevo periodo en las relaciones entre los dos países.  

Imagen portada: Shutterstock

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