‘El beso’: El sutil erotismo de Gustav Klimt

‘El beso’: El sutil erotismo de Gustav Klimt

Antes de ‘El beso’, Gustav Klimt no contaba con la mejor de las reputaciones. Debido a la cantidad de desnudos y escenas intimistas, era tildado de “pornográfico”, pero todo cambiaría cuando, inspirado en los mosaicos bizantinos, se convertiría en pionero del erotismo en el arte moderno.

Gustav Klimt, el artista “pornográfico”

A pesar de que, para la época, ya existía el panorama de artistas como Toulouse-Lautrec y Edvard Munch, caracterizados por representar tanto la vida nocturna parisina como la hipocresía de la sociedad en torno a la sexualidad, antes de 1908, el pintor austríaco Gustav Klimt era considerado un artista “pervertido”, e incluso “pornográfico”.

Klimt (1862-1918), se convirtió desde muy joven en un ícono para el simbolismo y el Art Nouveau. Desde el valor expresivo de sus trazos, hasta la sensualidad intimista de sus escenas y retratos, el ecléctico pintor se acercaba hacia las innovaciones de la abstracción, por medio de motivos geométricos, colores brillantes y descomposición de figuras humanas.

No obstante, la época de Klimt coincide con la decadencia de Viena como capital artística de Europa, motivo por el cual, pese a su éxito de juventud, luego de cumplir los 30 años, perdería su estabilidad económica.

‘Dánae’, por Gustav Klimt, de 1907 – Imagen: The Yorck Project (Wikipedia).-

El beso, el contraste entre la religión y el erotismo

El beso («Der Kuß», en alemán) es una pintura al óleo de 180×180 cm, actualmente ubicada en el Österreichische Galerie Belvedere, Viena – Austria.

La obra presenta a dos amantes besándose bajo una lluvia de oro. Debajo de ellos, un motivo de flores y plantas evocan que todo terreno es verdaderamente fértil si la pasión así lo amerita.

Él, cuya vestimenta consiste en un conjunto de figuras geométricas rectangulares blancas, negras y grises, se trata de uno de esos inusuales momentos en la historia de arte, donde contemplamos a un artista fascinado por la figura femenina, en la decisión de plasmar al hombre que, como él, cae rendido ante la suavidad, dulzura y feminidad de una musa que, junto a él, se arrodilla para sentirse amada, sin resistencia.

Ella, por su parte, evoca a la pintura tradicional del artista, donde en lugar de líneas rectas, compone a partir de círculos y adornos florales, implicando sensualidad y ternura.

Hay interpretaciones que apuntan al hecho de que él no es otro sino un autorretrato de Klimt, y ella, una de sus parejas más duraderas, Emilie Flöge.

El beso, una inspiración de los mosaicos bizantinos de Rávena

Durante su viaje a Rávena, Italia, Klimt quedó impresionado por los mosaicos bizantinos y las escenas religiosas, ornamentadas y deslumbrantes. En este sentido, y en el marco de su «período dorado», El beso se encuentra compuesto a partir de una técnica antigua de iconografía cristiana: el uso de las hojas de oro.

La escena, que no solo era mucho más sutil al previo trabajo del artista, sino que, además, era todo lo que el movimiento del simbolismo y el Art Nouveau representaba, el oro le serviría de contraste entre el erotismo y la intimidad de la apasionada pareja con la iconografía religiosa.

Y es que el simbolismo del amor como un terreno fértil no podría haber sido más acertado, sino con el paisaje de una pradera colmada de flores, que evocan a la madre naturaleza, y por ende, a la sexualidad como un acto natural, lejos del concepto puritano de la época.

Actualmente, El beso es uno de los tesoros más importantes de la cultura austríaca.

Con información de: Historia-Arte! / Cultura Genial / Foto: Wikipedia

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