Hay nombres que no solo suenan en una discoteca: resuenan en la memoria colectiva de toda una ciudad, de toda una diáspora. Willie Colón es uno de esos nombres. Basta que arranque un trombón áspero, casi callejero, y un coro en clave de son para que medio Nueva York –y media América Latina– vuelva por unos minutos al Bronx de los años sesenta, a los edificios de ladrillo, a las fiestas en la acera, al orgullo de ser latino en un entorno hostil. Y la verdad es que, si hoy hablamos de salsa como un lenguaje urbano, político y profundamente caribeño, es en buena medida porque este músico decidió convertir su realidad en música.
El niño del Bronx que se enamoró del trombón
William Anthony Colón Román nació el 28 de abril de 1950, en el Bronx, Nueva York, en el seno de una familia puertorriqueña que, como tantas otras, había hecho el viaje del Caribe a Estados Unidos en busca de oportunidades. Creció en un entorno donde se mezclaban el inglés de la calle, el español del hogar y los ritmos afrocaribeños que llegaban de la isla y de Cuba. No era un Bronx glamoroso: era el barrio, con sus carencias, su violencia, pero también con una fuerte vida comunitaria.
Comenzó tocando la trompeta, un instrumento casi simbólico en el jazz y el mambo, pero alrededor de los 14 años cambió al trombón, que se convertiría en su sello sonoro. Ese timbre grave, rugoso, le daba a su música un aire a la vez agresivo y festivo, perfecto para narrar la dureza y el humor negro del día a día en los vecindarios latinos de Nueva York.
Su talento llamó la atención muy pronto. A los 15 años ya estaba firmando contratos profesionales –su madre tuvo que rubricar por él–, y a los 16 hizo su primera grabación para el sello Futura, del productor Al Santiago. Cuando ese proyecto quedó en el aire por problemas de salud del productor, el destino le abrió otra puerta: Fania Records.
Fania, “El Malo” y la invención de una estética
La historia de Willie Colón no se puede contar sin Fania. El sello fundado en 1964 por Johnny Pacheco y Jerry Masucci se convirtió, con los años, en el epicentro de la salsa neoyorquina, y Colón fue uno de sus protagonistas más influyentes. Fania no solo grababa música: construía un imaginario, una identidad. Y Willie encajó ahí como anillo al dedo.
Su álbum debut, El malo (1967), salió finalmente bajo el sello Fania y fue un éxito inmediato, vendiendo cientos de miles de copias. El título no era casual: Colón empezaba a cultivar en portadas y arreglos la imagen de “gangster” del barrio, con trajes, pistolas de utilería y estética de película de crimen, mucho antes de que esa iconografía se pusiera de moda en otros géneros. Aquello no era un mero truco de marketing: era una forma de representar al latino neoyorquino que sobrevivía en un entorno duro, convirtiendo el estigma del “malo” en símbolo de orgullo.
En términos musicales, sus primeros discos combinaron el son montuno y el guaguancó con una sonoridad áspera, marcada por el trombón y una sección rítmica muy agresiva. Temas como «Che Che Colé», inspirado en una canción infantil ghanesa y adaptado con picardía caribeña, abrieron la puerta a experimentaciones afrodiaspóricas dentro de la salsa, usando material africano en un contexto urbano latino. Y el hecho es que, sin dejar de ser bailable, su música ya empezaba a narrar historias de migración, marginalidad y resistencia.
Héctor Lavoe y la dupla que cambió la salsa
Si Willie Colón le dio a la salsa neoyorquina su sonido callejero, Héctor Lavoe le dio su voz. La unión de ambos es, para muchos historiadores, uno de los momentos clave en la historia de la música latina del siglo XX. Cuando el vocalista previsto para la primera sesión de Colón con Fania falló, Johnny Pacheco propuso a un joven cantante recién llegado de Puerto Rico: Héctor Juan Pérez Martínez, que pronto sería conocido como Héctor Lavoe.
Desde su colaboración en El malo, cuando Willie tenía 17 años y Héctor 21, se hizo evidente que ahí había algo distinto. Colón aportaba arreglos compactos, un sentido del ritmo agresivo y cinematográfico; Lavoe, con su fraseo jibaro y su humor, conectaba con la sensibilidad del público puertorriqueño y nuyorican. Juntos, fueron moldeando una narrativa: el barrio como escenario, el delincuente como personaje trágico, el migrante como protagonista de su propio drama.
El término nuyorican (neorriqueño) es una combinación de «New York» y «Puerto Rican». Se utiliza para identificar a los puertorriqueños que viven en la ciudad de Nueva York o sus alrededores, a sus descendientes nacidos en la ciudad y a la cultura híbrida que han creado.
Discos como La gran fuga (1970) y El juicio (1972) consolidaron esa estética de “salsa dura” donde las portadas parecían afiches policiales y las letras hablaban de persecuciones, cárceles y amores frustrados. No era casual que un recopilatorio se titulara Crime pays, un guiño irónico al éxito comercial de ese universo de “malos” con corazón de oro. En medio de todo, el público latino de Nueva York se veía reflejado en esas historias, con una mezcla de risa, nostalgia y dolor.
Más allá del dúo: rupturas, experimentos y política
Como ocurre con muchas duplas creativas, el éxito trajo también tensiones. A comienzos de los años setenta, el ritmo frenético de trabajo, los problemas personales de Lavoe –incluyendo adicciones y dificultades de puntualidad– y las presiones de la fama fueron erosionando la relación. El cantante llegó a sentir que Willie se alejaba de él, y vivió la separación como una forma de abandono, algo que él mismo relató años después.
Sin embargo, esa ruptura también abrió caminos creativos. Colón impulsó la carrera solista de Lavoe produciendo La voz, su primer álbum como líder, aunque ya sin participar como instrumentista. Al mismo tiempo, Willie empezó a explorar otras rutas musicales y discursivas: colaboró con Rubén Blades en discos como Metiendo mano y, sobre todo, Siembra, un álbum que llevó la salsa a un plano abiertamente político y narrativo, con canciones que hablaban de dictaduras, migración y luchas sociales.
En 1983, los caminos de Colón y Lavoe volvieron a cruzarse en Vigilante, un disco que marcó su reunión discográfica tras dieciséis años de historia compartida. Para entonces, Willie ya era mucho más que un trombonista: era arreglista, productor, director de orquesta y una figura clave en la consolidación de la salsa como fenómeno global. Su música había viajado de los clubes pequeños del Bronx a grandes escenarios internacionales, sin perder esa sensación de estar contando historias del barrio.
Activismo, legado y el adiós a un pionero
Con el tiempo, la figura de Willie Colón se expandió más allá de los estudios de grabación. Se involucró en causas comunitarias, tomó posiciones públicas sobre temas políticos y sociales, y utilizó su visibilidad para defender los derechos de la comunidad latina en Estados Unidos. En ese sentido, su biografía encaja en una larga tradición de músicos caribeños que asumen su oficio no solo como entretenimiento, sino como plataforma de denuncia y orgullo identitario.
Su discografía supera las tres decenas de álbumes y se calcula que ha vendido más de 30 millones de copias, con múltiples discos de oro y plata, además de nominaciones al Grammy. No se trata solo de cifras: son pistas concretas de hasta qué punto su sonido definió lo que el mundo entendió por salsa durante décadas. Desde El malo y La gran fuga hasta sus colaboraciones con Rubén Blades y sus proyectos posteriores, la huella de Colón es visible en generaciones de salseros, reguetoneros y artistas urbanos que también hablan del barrio desde la música.
El 21 de febrero de 2026, Willie Colón falleció, cerrando una vida marcada por la creación, la experimentación y un vínculo profundo con la comunidad latina. Su muerte no solo conmocionó al mundo de la salsa; también abrió un necesario ejercicio de memoria: revisar sus portadas como pequeños manifiestos visuales, escuchar de nuevo sus arreglos de trombón como crónicas sonoras de la migración y reconocer que, detrás del “malo” de las carátulas, había un artista complejo, un latino neoyorquino que convirtió la experiencia del barrio en arte.
Y, al final, esa puede ser la mejor definición de su legado: cada vez que suena una salsa con trombones afilados y letras que hablan de la vida real, de la calle y sus contradicciones, hay un eco de Willie Colón dialogando con quienes siguen bailando –y pensando– al ritmo del Caribe en cualquier esquina del mundo.
--
--