Cuando un cardenal acepta su elección como obispo de Roma, adquiere de inmediato una nueva responsabilidad: se convierte en Papa. Poco después debe responder una segunda pregunta, breve pero cargada de historia: ¿con qué nombre desea ser llamado?
El nombre papal no es un simple detalle protocolar. Suele expresar una referencia espiritual, un homenaje a un pontífice anterior o una señal sobre las prioridades que podría marcar el nuevo pontificado. Aunque se ha vuelto una costumbre prácticamente universal, ningún papa está obligado por una norma a abandonar su nombre de nacimiento.
¿Por qué los papas cambian de nombre?
La tradición se asocia con Juan II, elegido en el año 533. Su nombre de nacimiento era Mercurio —en latín, Mercurius—, igual que el dios romano vinculado al comercio y los mensajeros. Al asumir el pontificado, eligió llamarse Juan II, probablemente en referencia a Juan I, quien había muerto poco antes.
Ese cambio no creó una obligación inmediata. Durante siglos, algunos pontífices conservaron su nombre de pila y otros adoptaron uno nuevo. Sin embargo, con el tiempo, escoger un nombre pontificio se convirtió en la práctica habitual.
El gesto también tiene una dimensión simbólica: marca una transición entre la identidad personal del elegido y su función como cabeza de la Iglesia católica. Por eso, el nuevo nombre suele leerse como una primera pista sobre las referencias históricas, religiosas o pastorales que quiere destacar.
La relación con Simón y san Pedro
La tradición no proviene directamente de un mandato bíblico, pero suele relacionarse con un episodio central del cristianismo. En los Evangelios, Jesús llama Pedro a Simón y le atribuye una misión especial dentro de la comunidad de sus discípulos.
El Evangelio de Mateo recoge la frase: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Para la Iglesia católica, Pedro fue el primer obispo de Roma; de allí que los papas sean considerados sus sucesores.
Sin embargo, ningún pontífice ha escogido el nombre de Pedro II. La razón no es una prohibición formal, sino el peso simbólico de san Pedro en la tradición católica.
¿Cómo se elige el nombre de un Papa?
La elección del nombre ocurre dentro del cónclave, después de que un cardenal recibe los votos necesarios y acepta el resultado. La constitución apostólica Universi Dominici Gregis establece que el cardenal decano —o el cardenal que corresponda según el orden y la antigüedad— formula dos preguntas al elegido.
La primera es: Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?, que puede traducirse como: “¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?”.
Si acepta, se le pregunta: Quo nomine vis vocari?, es decir: “¿Con qué nombre deseas ser llamado?”. El maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias registra entonces la aceptación y el nombre escogido.
La decisión es personal. Un papa puede honrar a un santo, recordar a un predecesor o combinar referencias significativas. Si elige un nombre usado antes, adopta el número consecutivo correspondiente: por ejemplo, Benedicto XVI o Juan Pablo II.
¿Cuáles son los nombres papales más repetidos?
Juan ha sido el nombre más utilizado en la historia del papado, seguido por Gregorio, Benedicto, Clemente, Inocencio, León y Pío. La elección de estos nombres revela cómo los nuevos pontífices suelen dialogar con la memoria de la Iglesia a través de figuras anteriores.
También hay decisiones que rompen con la costumbre. En 1978, Albino Luciani eligió llamarse Juan Pablo I para homenajear a Juan XXIII y Pablo VI. Fue la primera vez que un papa adoptó un nombre compuesto.
En 2013, Jorge Mario Bergoglio escogió Francisco, en homenaje a san Francisco de Asís. El Vaticano precisó entonces que su nombre oficial era Francisco, sin el numeral I: ese número solo se utilizaría si en el futuro existiera un Francisco II.
León XIV y el mensaje detrás de un nombre
El ejemplo más reciente llegó el 8 de mayo de 2025, cuando el cardenal estadounidense Robert Francis Prevost fue elegido como el papa número 267 y tomó el nombre de León XIV.
Dos días después de su elección, explicó que su decisión se vinculaba sobre todo con León XIII y la encíclica Rerum Novarum, publicada en 1891. Ese documento abordó los conflictos sociales y laborales de la industrialización. León XIV señaló que la Iglesia enfrenta hoy desafíos comparables ante la inteligencia artificial, el trabajo y la defensa de la dignidad humana.

Así, un nombre elegido en privado durante el cónclave puede funcionar como el primer mensaje público de un pontificado: una referencia al pasado que también propone una lectura del presente.
Con información de LaGaceta | Foto: Shutterstock