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¿Ellas al cuidado y ellos a cazar? La arqueogenética prueba que no siempre fue así

¿Ellas al cuidado y ellos a cazar? La arqueogenética prueba que no siempre fue así

La aplicación de la genética en la arqueología y la historia ha permitido, entre otros avances, profundizar en el origen de los movimientos migratorios humanos, revelar si los individuos enterrados en una misma tumba son miembros de la misma familia, su aspecto físico o si padecieron enfermedades.

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Otra aplicación es determinar el sexo del individuo para confirmar o desmentir determinados roles de género que se han atribuido a lo largo de la historia. En muchas ocasiones se han cometido errores al prevalecer los prejuicios sobre la perspectiva de género.

Sexo, género y genética

Para poder comprender la implicación de la genética y enlazarla con una perspectiva de género, debemos conocer la diferencia conceptual entre sexo y género. De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, sexo es la “Condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas”. Por otro lado, el género se describe como “el grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”.

Así, la genética puede aportarnos información exclusiva sobre el sexo del individuo, concretamente a la presencia o ausencia del cromosoma Y (cuya presencia determina el sexo masculino), pero no puede aportar información acerca del género del individuo, siendo este una construcción sociocultural y personal.

Tener claros estos conceptos es fundamental a la hora de utilizar la genética en bioarqueología, porque nos puede informar sobre el sexo, pero no sobre el género.

Para investigar el pasado con una perspectiva de género, debería venir acompañada de la interpretación arqueológica de otros indicios (por ejemplo, materiales hallados en el enterramiento), y siempre con el mayor rigor científico.

Cambios en los hallazgos

Son muchos los hallazgos arqueológicos en los que se han asignado roles de género en función de los ajuares que acompañaban a los restos humanos y posteriormente, tras la determinación genética del sexo, dichos roles se tuvieron que desmentir.

En las civilizaciones cazadoras-recolectoras del Neolítico se ha venido dando por hecho que la labor cazadora era del hombre, quedando el papel femenino reducido a la recolección, cuidado y crianza de los hijos y necesitados del grupo.

Sin embargo, el hallazgo en Los Andes de Wilamaya Patixa (7 000 a.e.c.) ha cambiado estas interpretaciones. En este yacimiento se hallaron enterramientos con diferentes elementos de caza (puntas de flecha, lanzas, herramientas, etc.), tras cuyo análisis se concluyó que 11 de los 25 individuos eran mujeres, lo que indicaba una participación de entre el 30 y 50 % de las mujeres en las actividades de caza.

Al este de Suecia, en la zona vikinga de Brika, se halló un enterramiento excepcional por su buena conservación y por un conjunto de materiales interesantes que acompañaban al individuo inhumado, tales como: una espada, un hacha, una lanza, una armadura, flechas, un cuchillo, dos escudos, y dos caballos esqueletizados.

Se asumió que el sexo biológico del individuo debía ser masculino, asignándole el rol de guerrero por el extenso ajuar bélico. Este diagnóstico se mantuvo a pesar de que el análisis antropológico apuntaba hacia el sexo femenino. Solo cuando obtuvieron los resultados del análisis de ADN se pudo corroborar que no se trataba de un guerrero sino de una guerrera. Se había asociado directamente el rol de guerrero al sexo masculino.

Boceto de la tumba arqueológica hallada y etiquetada Bj581 por Hjalmar Stolpe en Birka, Suecia. Publicado en 1889. Posteriormente se demostró que los restos pertenecían a la llamada ‘guerrera de Birka’. One Library / Wikimedia Commons

Otros “patinazos” arqueológicos en España

Con respecto a la Península Ibérica medieval, encontramos el ejemplo de los niños inhumados en la iglesia bautismal tardoantigua de Marialba de la Ribera (León). En la cabecera de la iglesia se encontraron tumbas infantiles y perinatales, pero varios de estos enterramientos presentaban collares y pendientes con cuentas de vidrio y azabache, anillos de bronce o broches de cinturón.

Esta peculiaridad, frente a los otros enterramientos desprovistos de elementos ornamentales, llevó a plantear la hipótesis de que se tratara de niñas de corta edad y pertenecientes a familias adineradas. Sin embargo, el análisis genético descartó la hipótesis de que los ornamentos constituyeran una práctica funeraria exclusivamente femenina, dado que se encontraron pulseras en ambos.

Finalmente, tenemos otro caso donde el análisis genético permitió diagnosticar el sexo y, además, establecer relaciones de parentesco entre individuos.

En Los Tolmos de Caracena (Soria, España) se localizó una tumba perteneciente a la cultura Cogotas I (Edad de Bronce), que contenía los restos esqueléticos de tres individuos: dos adultos y un perinatal (recién nacido o feto a término). La hipótesis central del estudio fue la posibilidad de un núcleo familiar, compuesto por padre, madre e hijo o hija. Se pudo verificar que se trataba de una madre y su hija perinatal que compartían tumba con una mujer no emparentada biológicamente con ellas. Este estudio abre el debate acerca de lo que entendemos clásicamente como “núcleo familiar”, haciendo ver que el concepto de familia también ha variado a lo largo del tiempo.

Estos son algunos ejemplos que ponen en relieve la necesidad de implantar una visión multidisciplinar para interpretar el hallazgo arqueológico, y cómo esto puede ayudar a desmentir un rol de género interpretado bajo una visión influida por determinados prejuicios. Creemos necesario educar el estudio del pasado en la multidisciplinariedad, concretamente el estudio de las poblaciones humanas del pasado.


Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense, Universidad Complutense de Madrid; César López Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología, Universidad Complutense de Madrid y Cláudia F. Lopes Gomes, Investigadora Postdoctoral, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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