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«América para los americanos»: La Doctrina Monroe y la frase que cambió la historia

Washington, invierno de 1823. El rumor es letal: una flota invencible se prepara para aplastar las nuevas democracias latinas. Acorralado y sin ejército, el presidente Monroe lanza un ultimátum suicida al Viejo Mundo. Esta es la historia real de cómo James Monroe se jugó el destino de un continente en una partida de póker geopolítica donde perder significaba una sola cosa: la invasión total.

Una frase, escrita en 1823, cambió el mapa mental de todo un continente sin disparar un solo tiro. América, dijo el presidente James Monroe, ya no sería terreno de caza para los imperios europeos. Detrás de ese mensaje al Congreso, aparentemente rutinario, se escondía una advertencia geopolítica con tono de ultimátum: el Viejo Mundo debía mantenerse al margen del Nuevo, o se enfrentaría a Estados Unidos. Y desde entonces, en cada crisis, resuena la vieja doctrina: La Doctrina Monroe.

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¿Qué es la Doctrina Monroe?

La Doctrina Monroe fue una declaración de política exterior anunciada por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823, en su séptimo mensaje anual al Congreso de Estados Unidos. En esencia, afirmaba que las potencias europeas no debían seguir colonizando ni intervenir políticamente en las Américas y que cualquier intento de hacerlo sería visto como un acto hostil hacia Estados Unidos.

Monroe, apoyado intelectualmente por su secretario de Estado John Quincy Adams, también prometía que Estados Unidos no se entrometería en los asuntos internos de Europa ni en sus colonias ya existentes en el hemisferio.

Aunque al principio era más un gesto simbólico que una amenaza respaldada por fuerza militar, se convirtió con el tiempo en una piedra angular de la diplomacia estadounidense.

“América para los americanos”: ¿quién dijo la frase?

En los manuales de historia y en la memoria popular suele asociarse la consigna “América para los americanos” con el espíritu de la Doctrina Monroe, aunque la fórmula exacta no aparece en el mensaje original de 1823. La frase resume, de manera agresivamente simple, la idea central: el hemisferio occidental como esfera de influencia exclusiva de Estados Unidos frente a las monarquías europeas.

Aunque lleva el nombre de Monroe, el verdadero arquitecto, el «detective» que vio las pistas que nadie más vio, fue su Secretario de Estado: John Quincy Adams.

Mientras Monroe dudaba y consideraba aliarse con Gran Bretaña (quienes, curiosamente, también querían frenar a España para proteger su comercio), Adams dio un golpe en la mesa. «Sería más franco y digno avocar nuestros principios directamente», dijo, negándose a ser un «bote de remos» arrastrado por el buque de guerra británico.

Fue Monroe quien leyó el discurso ante el Congreso el 2 de diciembre, pero la tinta intelectual era de Adams. La frase que resume todo el movimiento, «América para los americanos», aunque no se pronunció textualmente en el discurso, se convirtió en el eslogan, el grito de guerra silencioso. Significaba: Europa, quédate en tu casa; nosotros nos encargamos de la nuestra.

En América Latina, muchos terminaron leyendo “América para los americanos” como “América para los estadounidenses”, con todo el peso de desigualdad y desconfianza que ello implica.

Causas de la Doctrina Monroe

La causa de la Doctrina Monroe no fue la arrogancia, sino el pánico puro y duro. Washington temía tener a los cosacos rusos en el norte y a los borbones franceses en el sur. Estados Unidos se sentía como un cordero rodeado de lobos. Fue en este escenario de alta tensión donde se cocinó la jugada maestra.

Entre sus causas principales se encuentran:

  • El temor a la restauración colonial: tras las guerras de independencia, las nuevas repúblicas latinoamericanas no estaban a salvo; la monarquía española, apoyada por la Santa Alianza (Rusia, Prusia y Austria), buscaba recuperar el control de sus antiguos dominios. Estados Unidos temía que esa contraofensiva llegara a “su” hemisferio y alterara el equilibrio de poder.
  • La amenaza rusa en el noroeste: Rusia estaba expandiendo sus reclamaciones sobre la costa del Pacífico, hasta la región de Oregón, lo que inquietaba a Washington, interesado en su propia expansión hacia el oeste.
  • La propuesta británica: el ministro de Exteriores británico, George Canning, propuso una declaración conjunta anglo-estadounidense para frenar cualquier nueva colonización europea en América, pero John Quincy Adams convenció a Monroe de optar por una declaración unilateral para no quedar a la zaga de Londres ni limitar las ambiciones estadounidenses.

Características y contenido clave

A pesar de su tono casi literario, la Doctrina Monroe se puede resumir en cuatro características o principios básicos que marcaron la política exterior estadounidense durante décadas:

  • No intervención en Europa: Estados Unidos no se inmiscuiría en las guerras o asuntos internos de las potencias europeas.
  • Respeto a colonias existentes: Washington aceptaba las colonias europeas que ya existían en el hemisferio occidental y no intentaría desmantelarlas.
  • Cierre del hemisferio a nueva colonización: las Américas quedaban “cerradas” a futuros proyectos coloniales europeos.
  • Cualquier intervención europea en el hemisferio sería vista como una amenaza o acto hostil hacia Estados Unidos.

James Monroe: más allá de la doctrina

Cuando se pregunta “¿Qué fue lo más importante que hizo James Monroe?”, la respuesta suele girar alrededor de esta doctrina, pero su presidencia fue algo más que un discurso memorable. Monroe gobernó entre 1817 y 1825, en la llamada “Era de los Buenos Sentimientos”, un período de relativa unidad política tras la Guerra de 1812.

Entre sus logros destacan la expansión territorial mediante el Tratado Adams-Onís de 1819, por el cual España cedió Florida a Estados Unidos, y el avance de la frontera occidental. Sin embargo, y el hecho es que, hoy su nombre está casi inseparablemente ligado a la doctrina que lleva su apellido, aunque en su tiempo el impacto inmediato del mensaje fue limitado.

De escudo a “policía internacional”

En 1904, el presidente Theodore Roosevelt reinterpretó la Doctrina Monroe con su famoso “Corolario Roosevelt”, proclamando el derecho de Estados Unidos a ejercer un “poder de policía internacional” en el hemisferio para frenar “casos flagrantes de mala conducta crónica”.

Bajo esta nueva lectura, Washington no solo impedía que Europa interviniera, sino que se reservaba la potestad de intervenir en países latinoamericanos para, en teoría, prevenir injerencias europeas. El resultado fue la presencia de marines estadounidenses en lugares como Santo Domingo, Nicaragua y Haití, lo que alimentó la imagen de Estados Unidos como el “Coloso del Norte” ante los ojos de sus vecinos.

Usos, abusos y legado confuso

Con el tiempo, la Doctrina Monroe se convirtió en algo así como una palabra talismán: cada generación de políticos y estrategas le dio un significado distinto. Durante la Guerra Fría, muchos en Washington la leyeron como un mandato para contener al comunismo en el hemisferio, incluso recurriendo a golpes de Estado, operaciones encubiertas y apoyo a dictaduras amigables.

En América Latina, la percepción cambió de simpatía inicial a una profunda sospecha. En el siglo XIX, figuras como Simón Bolívar llegaron a ver en la doctrina un respaldo potencial frente al retorno del imperio español. Más tarde, para buena parte de la región, la misma doctrina pasó a ser sinónimo de imperialismo, intervencionismo y una relación profundamente desigual.

Algunos especialistas sostienen que el concepto está desgastado y sobreutilizado que ha perdido claridad; se invoca para hablar de Rusia, China o incluso de disputas comerciales, como si fuera una etiqueta que sirve para todo. Aun así, cada vez que una potencia extrahemisférica se acerca demasiado a América Latina, resurgen ecos de aquella frase no escrita pero omnipresente: “América para los americanos”.

Hoy, la Doctrina Monroe sigue apareciendo como un fantasma en los discursos políticos, a veces invocada para proteger, otras para controlar. Aquella fría noche de 1823, Monroe y Adams no solo escribieron un discurso; escribieron el guion de una película de suspense que América sigue protagonizando hasta el día de hoy. Y el final… el final aún no está escrito.

Con información de: Britannica / Archives / State /

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