Horrores Humanos: Timothy McVeigh y su aterrador «ojo por ojo»

Abr 19, 2017 | Historia - Horrores Humanos

El 11 de junio de 2001, Timothy McVeight realizó su última petición. Dos porciones de helado de menta con chispas de chocolate se convertirían en su última cena. Luego de eso, una inyección letal que pondría fin a sus 33 años de existencia. Nunca hubo arrepentimiento, para Timothy sus víctimas eran solo “daños colaterales”.

Hijo de un obrero de General Motors, William McVeigh y la agente de viajes Mickey McVeigh, creció en el oeste del estado de Nueva York. Entre sus pasatiempos se encontraban la televisión, el cine, las historietas, el fútbol americano y el béisbol. Fue Ed McVeigh, su abuelo y verdadera figura paterna, quien le inculcó la pasión por las armas de fuego, y solía llevarle a practicar tiro al aire libre. En varias oportunidades el joven McVeigh llevó armas a su escuela para impresionar a sus compañeros y manifestó su deseo de abrir él mismo una tienda de armas cuando fuese adulto.

Según su testimonio, que nunca fue corroborado, sufrió abusos constantes en la escuela debido a su débil complexión y baja estatura, y solía fantasear con vengarse. McVeigh atribuyó a eso su odio contra todas las instituciones o personas que, a su juicio, abusaran de los débiles.

Un soldado ejemplar

Después de graduarse de la escuela secundaria “Sweet Home” y estudiar con una beca, abandonó los estudios universitarios para trabajar, entre otras cosas como empleado de un restaurante de hamburguesas y guardia de seguridad en Nueva York.

En sus ratos libres leía libros que ordenaba por correo, como “Cabalgar, disparar con tino y decir la verdad”, del experto en armas de fuego Jeff Cooper, y la novela ultraderechista de William Pierce “Los diarios de Turner”, escrita en 1978, que narraba la historia de Earl Turner, un aficionado a las armas de fuego que, ante el endurecimiento de las leyes sobre posesión de armas, inicia una revolución supremacista blanca construyendo un camión-bomba y haciendo estallar las oficinas centrales del FBI en Washington.

Ante la posibilidad de que el Congreso de los Estados Unidos y las autoridades federales prohibieran la posesión de armas de fuego a la población civil, McVeigh ingresó en el ejército en mayo de 1988.

Entrenó primero en Fort Benning. En ese lugar trabó amistad con Terry Nichols, quien también detestaba al gobierno. Posteriormente fue traspasado a Fort Riley, junto a Nichols y Michael Fortier, quien compartía las ideas políticas de McVeigh. McVeigh se dedicó con pasión a su carrera militar, al punto de tener un uniforme y botas extras para presentarse impecable a la inspección.

Después de obtener la mejor puntuación de su batallón (1.000 puntos) en el entrenamiento con tanques Bradley, solicitó su ingreso en las Fuerzas Especiales o Boinas Verdes. Antes de poder presentarse al adiestramiento, estalló la guerra del Golfo y el grupo de McVeigh partió al Medio Oriente.

Llegó a Arabia Saudí en 1991. El 22 de febrero, durante la operación “Tormenta del Desierto”, la división de tanques a la que pertenecía McVeigh avistó una trinchera iraquí de ametralladoras a más de un kilómetro y medio. Tras ordenársele abrir fuego, McVeigh hizo volar el cráneo de un soldado iraquí. Los horrores de la guerra le afectaron emocionalmente, sufriendo estrés postraumático.

En marzo de 1991 regresó a Estados Unidos para participar en el curso de selección y evaluación de los Boinas Verdes. El entrenamiento de 24 días era mucho más duro que el básico y McVeigh renunció a los dos días de haber empezado.

Fue condecorado por el gobierno por sus servicios en el Golfo Pérsico con la “Insignia de Combate” de la Infantería y la “Estrella de Bronce”.

El resentimiento que se hizo motivo

El 21 de agosto de 1992, en Ruby Ridge (Idaho), agentes del FBI protagonizaron un tiroteo con Randy Weaver, partidario de la segregación racial, por vender armas ilegalmente a un informante del gobierno. El enfrentamiento culminó con el arresto de Weaver y dejó tres muertos: la esposa de Weaver, su hijo y un policía.

En febrero de 1993, la ATF tomó por asalto la sede de la secta davidiana en Waco, Texas, para cumplir una orden judicial por venta ilegal de armas. Tras un tiroteo, cuatro agentes y seis davidianos murieron y varios otros resultaron heridos, entre ellos el líder de la secta, David Koresh. Los agentes se retiraron y los davidianos permanecieron en su sede. McVeigh decidió entonces viajar a Waco para presenciar los hechos, pero se le impidió el paso en un puesto de control.

Después de trabajar en varias exposiciones de armas, viajó a la granja de su amigo Terry Nichols, en Decker, Míchigan. Allí se encontraba cuando, el 19 de abril de 1993, el cuartel de los davidianos fue incendiado. Murieron Koresh y 75 miembros de la secta. Este hecho fue decisivo en su vida y reafirmó su pensamiento antigubernamental.

En mayo de ese año se trasladó a Kingman, Arizona, para visitar a Michael Fortier.

En septiembre de 1994, McVeigh se enteró de que estaba a punto de aprobarse una ley que prohibiría a los civiles poseer armas de fuego. Después de esto, le confesó a Fortier que planeaba poner una bomba en un edificio federal del gobierno estadounidense y lo invitó a colaborar.

Pese a la negativa de Fortier, le explicó cada detalle del futuro ataque. McVeigh escogió como blanco el Edificio Federal Alfred P. Murrah, en Oklahoma City, y la fecha 19 de abril de 1995, el segundo aniversario de la tragedia de Waco.

El Atentado Terrorista

McVeigh y Nichols robaron de una cantera en Marion, Kansas, 1.800 kilos de nitrato de amonio y varias cajas de Tovex altamente explosivas. Con éstos, el 16 de abril de 1995, fabricaron una furgoneta-bomba en la orilla del lago Geary, en Oklahoma. Previamente, McVeigh estacionó su medio de escape, un automóvil Mercury Marquis de 1977 de color amarillo. En él puso un cartel para no remolcarlo y en el interior, un sobre con un escrito donde explicaba sus motivos para efectuar el atentado.

A Timothy McVeigh no le importaban las víctimas. Según él, aunque no eran culpables, trabajaban para un “Imperio del mal”.

Después de trabajar durante tres horas preparando la bomba (había alquilado la furgoneta bajo el seudónimo de Robert Kling), McVeigh y Nichols se separaron.

La mañana del día 19, el terrorista estacionó el vehículo-bomba frente al Edificio Federal Alfred P. Murrah, que albergaba oficinas del FBI y el America’s Kids Day Care Center, una guardería para los hijos de los empleados. Encima llevaba una pistola semiautomática Glock de 9 mm para el caso de que fuera capturado.
A causa de la explosión murieron inmediatamente 167 personas, entre ellos 19 niños (de los cuales 15 se encontraban en la mencionada guardería), y casi 700 resultaron heridas.

Mientras huía, McVeigh fue detenido por un agente de policía por carecer de matrícula y portar ilegalmente un arma de fuego. Al momento de su arresto, portaba una camiseta con el retrato de Abraham Lincoln y la leyenda Sic semper tyrannis (“Así a todo tirano”), la frase que pronunció John Wilkes Booth tras asesinar a Lincoln. En el reverso tenía la imagen de un árbol del cual goteaba sangre, y debajo, una cita de Thomas Jefferson: “El árbol de la libertad debe ser vigorizado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos.” Al tercer día de su encarcelamiento, cuando estaba a punto de ser puesto en libertad, la investigación del FBI le identificó como el autor material de la matanza.

El 13 de junio de 1997 fue declarado culpable y condenado a muerte. Terry Lynn Nichols fue sentenciado a cadena perpetua por 160 cargos de homicidio. Michael Fortier fue condenado a 12 años de cárcel por no advertir al gobierno sobre el atentado, pero fue liberado en 2007 por buen comportamiento e ingresó a un programa de protección de testigos.

El resentimiento y la ira de McVeigh lo guiaron a cometer el peor ataque terrorista de la historia de Estados Unidos hasta ese momento. McVeigh aplicó un ojo por ojo que como bien diría Gandhi, al final nos dejará ciegos. Espera pronto otra entrega de Horrores Humanos, conociendo el lado más oscuro de nuestra especie.

Espera pronto una nueva entrega con otro de los @HorroresHumanos, que nunca deben ser olvidados, para así jamás ser repetidos.

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