Reflexión: Confesiones de una empleada indignada

Reflexión: Confesiones de una empleada indignada

OPINIÓN.- Dignidad, tanto que mencionamos esa palabra y esta vida injusta hace que se practique tan poco. Vivienda digna, trabajo digno, vida digna… bla, bla, bla. Muchos hacen cosas indignas para conseguir un trabajo digno en nombre de la consigna «la oportunidad de mi vida», otros indignamente se explotan para conseguir una vivienda digna, aparentar una vida digna y así sucesivamente. Pero dejemos la dignidad de vivienda y de vida para otro momento y hablemos de la dignidad en el trabajo, el segundo hogar en nuestra vida de adultos, de donde saldremos llenos de artritis a descansar en casa (en el mejor de los casos), donde dejamos nuestra juventud, nuestro divino tesoro.

Dignidad: Respeto y estima que una persona tiene de sí misma y merece que se lo tenga las demás personas

Mis notas siempre tienen recuerdos y esta no es la excepción, recuerdo cuando tenía 17 años, me estrenaba en mi etapa de universitaria y empezaba a soñar con mi primer empleo. Oficinas, amplios escritorios, jefes exigentes y comprensivos (uno siempre cree que le va a tocar un pan del cielo como jefe), trajes sastre, tacones, reuniones, exposiciones de proyectos y propuestas… ¡Qué bella es la vida cuando la soñamos! Ese era mi ideal trabajo digno, pero las cosas desde afuera se ven tan perfectas que la realidad no tarda en aparecer para desvelar lo que hay detrás de tanta perfección, solo para borrarnos la cara de idiota que tiene todo el que sueña despierto y divertirse observándonos en la lucha por mantener la esperanza viva mientras nos enfrentamos con la realidad del mundo laboral, que a veces no es malo, pero otras trae grandes desencantos.

En la universidad tenemos clases cuyos programas se enfocan en enseñarnos cómo ser buenos gerentes, deberían también agregar al programa las que nos enseñen a ser buenos empleados a pesar de tener malos gerentes.

Anteriormente dije que nuestro lugar de trabajo es el segundo hogar en la vida adulta, y así es. En la niñez nuestro segundo hogar fue la escuela, allí teníamos a los profesores que eran nuestros guías, función que en nuestro segundo hogar de la vida adulta debería desempeñar el gerente o jefe, pero a veces el cuento es diferente, muy diferente.

Esta mañana leí un artículo que mencionaba las características de un buen jefe (OJO un buen jefe y una persona que permita hacer a sus empleados lo que se les venga en gana no es lo mismo). Entre las cualidades que mencionaba el escrito están las siguientes:

• No confunden autoridad con autoritarismo.
• Son muy motivadores.
• Quieren lo mejor para el empleado.
• Saben escuchar.
• Dan libertad.

No hay necesidad de cubrir su falta de inteligencia infundiendo temor sobre sus subordinados tratándoles como si fuera un soldado y no como un compañero de trabajo, porque aunque usted esté por encima del otro en el organigrama de la empresa, al final son compañeros. La motivación crea seguridad y se convierte en lealtad, ese «tu puedes» que te hace lograr grandes cosas y amar lo que haces porque en ello está tu máximo esfuerzo. La libertad que te da quien confía en tu potencial para que vayas tomando iniciativas sin el acoso de quien cree que le vas a quitar el puesto. ¡Qué bueno sería!

Lamentablemente, abundan los que al parecer tomaron al revés las clases para ser buenos gerentes y se creen el último vaso de agua en el desierto por ostentar puestos que han conseguido en condiciones cuestionables.

«El obrero tiene tanta necesidad de respeto como de pan» Karl Marx

Parte de respetar la dignidad de tus empleados, es no tratarlos como si fueran estúpidos. El tiempo de cambiar espejitos por oro pasó hace mucho y si tus capacidades no dan para ser superior tienes dos opciones: tirar páginas para la izquierda o convertirte en aliado de tus subordinados.

El gerente debe ser visto como un parámetro NO como una competencia, el tiempo en el trabajo debería ser horas productivas NO horas de tortura emocional disfrazando piques y respondiendo sonrisas hipócritas en un ambiente hostil, nos empleamos para desarrollar nuestro potencial profesional NO para hacernos mediocres. A fin de cuentas, el trabajo debe dignificar al hombre NO convertirlo en protagonista de una especie de esclavitud evolucionada.

Con armonía las cosas funcionan mejor y ganamos todos.

Una colaboración de @Fioresita para @Culturizando

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