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‘Kwanzaa’: La fiesta africana que se asemeja a la Navidad

¿Conoces la festividad de ‘Kwanzaa’? Te explicamos en qué consiste esta celebración de la cultura afroestadounidense que busca la reconciliación con su herencia histórica. 

Hace casi sesenta años, en los escombros de una revuelta racial, un hombre ideó una festividad que cambiaría la forma en que millones de estadounidenses celebran su identidad. Te contamos la historia secreta detrás de Kwanzaa, la celebración que no es lo que parece…

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Origen de Kwanzaa: una celebración nació de las cenizas

Corre el año 1966. La ciudad de Los Ángeles aún huele a humo y ceniza. Hace apenas un año, en el verano del 65, el sureño gueto de Watts se alzó en rebelión, incendiando las calles en protesta contra la brutalidad policial y la discriminación histórica. Los tanques patrullaban las avenidas. El dolor era palpable. Y entonces, en medio de esa devastación, de esa rabia contenida en los corazones de miles de jóvenes negros sin esperanza, un hombre toma una decisión que parecería incomprehensible: fundar una nueva celebración. Una festividad que, en el fondo, es un acto de desafío silencioso contra todo lo que parecía estar derrumbase.

Su nombre es: Maulana Karenga.

No es un sacerdote. No es un predicador religioso. Karenga es un activista, un intelectual que ha estado buceando en las raíces africanas mientras toda América ardía en conflictividad. Acaba de co-fundar una organización política llamada «US» —que significa literalmente «nosotros los negros»— y tiene una visión clara que lo obsesiona: si quiere que su comunidad se levante del suelo, primero necesita que se levante culturalmente. Y la verdad es que su intuición no está equivocada. «Tienes que tener una revolución cultural antes que una revolución violenta,» dirá años más tarde. Porque, mira, la revolución cultural da identidad. Da propósito. Da dirección.

La chispa: Un nombre de siete letras

El nombre de esta nueva festividad surge de una palabra Swahili que Karenga descubrió en algún libro: matunda ya kwanza, que significa «primeras frutas.» Así que la celebración se llamaría «Kwanzaa,» en referencia a los antiguos festivales de cosecha que existían en diferentes partes de África —particularmente en el sur y el este del continente. La gente cosechaba, celebraba lo que habían logrado, daban gracias. Era un acto comunitario, no individualista. Era sobre la tribu, la familia, el pueblo.

Pero aquí viene el detalle que parece sacado de una novela de misterio: Karenga añade una letra extra. Una «a» adicional. El nombre debería ser «Kwanza,» pero Karenga insiste en escribirlo como «Kwanzaa.» ¿Por qué? Porque en la primera celebración de Kwanzaa hay siete niños presentes. Y aunque pueda parecer un capricho, no lo es. Esa «a» extra convierte el nombre en una palabra de exactamente siete letras. Una para cada día de celebración. Una para cada principio fundamental. Es como si Karenga estuviera construyendo un cifrado numérico en el lenguaje mismo. Cada letra cuenta. Cada símbolo importa.

Siete principios para una nueva identidad

¿Cuando se celebra el Kwanzaa? Durante los siete días que van desde el 26 de diciembre hasta el 1 de enero, Kwanzaa deja de ser simplemente una festividad y se convierte en un sistema completo de valores: los Nguzo Saba, los «Siete Principios de la Herencia Africana.» Cada día, las familias encienden una vela en el Kinara —un candelabro especial— y contemplan un principio diferente. La progresión es casi literaria, como si Karenga hubiera diseñado una trama que va escalando en intensidad.

En la mesa de la imagen se pueden ver algunos simbolos de esta celebración tradicional aframericana – Imagen: Wikipedia.-

Comienza con Umoja, la unidad. No es solo estar juntos, sino lo que Karenga llama «solidaridad activa»— una conexión genuina de propósito e ideales. Al siguiente día, Kujichagulia, la autodeterminación. Es decir: ¿quién decides que seas, realmente? Luego viene Ujima, el trabajo colectivo y la responsabilidad compartida. Después, Ujamaa, la economía cooperativa. El quinto día, Nia, el propósito. Y hacia el final, en el sexto día, Kuumba, la creatividad. Finalmente, en el primer día del año nuevo, Imani, la fe.

Piénsalo: Karenga no estaba construyendo solo una fiesta de fin de año. Estaba creando una estructura moral, una cosmovisión completa para que una comunidad traumatizada pudiera redefienirse a sí misma. Y el hecho es que funcionó.

Los símbolos: Un código cifrado

Cada elemento de Kwanzaa parece estar cuidadosamente pensado, como si Karenga estuviera dejando pistas para los iniciados. El Kinara, el candelabro, tiene tres velas rojas a un lado, tres verdes al otro, y una vela negra en el centro. Los colores no son accidentales: rojo representa la lucha; negro, el pueblo; verde, el futuro. Y no, Karenga no inventó estos colores. Los tomó de Marcus Garvey, el legendario Pan-Africanista que en 1920 los proclamó como los colores de toda la Diáspora Africana.

Alrededor del Kinara se disponen otros elementos: el Mkeka, una estera que representa la base sobre la cual todo se construye; el Muhindi, mazorcas de maíz que simbolizan a los niños y el futuro; el Mazao, frutas que representan la cosecha; y el Zawadi, regalos. En el centro de todo está el Kikombe cha Umoja, la «Copa de la Unidad,» cuyo origen, sorprendentemente, viene del catolicismo ortodoxo. Karenga, en un acto de inclusión que muchos desconocen, buscó en diferentes tradiciones religiones para asegurarse de que todos sintieran que tenían un lugar en la celebración.

El crecimiento silencioso: Una celebración que se propagó

En sus primeros años, Kwanzaa fue prácticamente desconocida fuera de los círculos del activismo negro. Karenga incluso afirmó que inicialmente era una alternativa a la Navidad, una forma de que los negros no imitaran ciegamente las prácticas de la sociedad dominante. Pero en las décadas de 1980 y 1990, algo cambió. El movimiento afrocentrista ganó fuerza, y con él, Kwanzaa. De repente, escuelas y comunidades comenzaron a celebrarlo. Familias que nunca habían escuchado de Karenga comenzaron a encender velas en sus hogares.

Para 2009, los estimados sugerían que entre 500.000 y 2 millones de estadounidenses celebraban Kwanzaa. No es la cifra masiva que tiene Navidad o Hanukkah, pero es lo suficientemente significativa como para que una observancia que comenzó en los escombros de una revuelta racial se hubiera convertido en una celebración establecida. Y, en verdad, eso es lo más fascinante de esta historia: Karenga buscaba crear «una ocasión para que los negros se celebren a sí mismos y a su historia, en lugar de simplemente imitar la práctica de la sociedad dominante.» Y lo logró.

La ironía del cambio

Hay un giro interesante en la historia de Kwanzaa que la mayoría desconoce. En sus primeros años, Karenga fue bastante vocal en sus críticas a la religión cristiana. Llegó a declarar que el cristianismo era una «religión blanca» que la gente negra debería rechazar. Pero conforme Kwanzaa se popularizó y más gente de diferentes trasfondos religiosos comenzó a celebrar, Karenga cambió su posición. Reconoció que Kwanzaa no debería ser una alternativa a la fe propia de las personas, sino un complemento cultural. Fue una evolución que mostró que incluso los fundadores de movimientos culturales pueden aprender y adaptarse.

Hoy en día, Kwanzaa es celebrada por personas de todas las religiones. Puedes ser cristiano, musulmán, judío o agnóstico y aún encender las velas del Kinara. Porque, en el fondo, Kwanzaa no es sobre fe religiosa. Es sobre identidad. Es sobre decirle a una comunidad: «Tu historia importa. Tu cultura importa. Tú importas.»

El legado de una semana que cambió todo

Casi seis décadas después de que Maulana Karenga creara Kwanzaa en los escombros de la revuelta de Watts, la celebración sigue siendo una de las manifestaciones más poderosas de autodeterminación cultural en la historia estadounidense. No fue creada por el gobierno. No fue impuesta por una institución establecida. Surgió de la necesidad de un pueblo de encontrar algo propio, algo que le perteneciera únicamente a él, algo que pudiera transmitir a sus hijos.

Y mientras millones de familias estadounidenses se reúnen cada diciembre para encender las velas, recitar los principios, compartir historias y disfrutar de comida tradicional, es difícil no preguntarse: ¿Cuántas revoluciones comienzan así, silenciosamente, alrededor de una vela? ¿Cuántas transformaciones culturales empiezan no con armas, sino con símbolos, nombres cuidadosamente elegidos, y la simple insistencia de que tu pueblo merece contar su propia historia?

Tal vez esa era la verdadera visión de Karenga todo el tiempo.

Con información de: Mundo.Sputnik / Wikipedia / Imagen: Shutterstock

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