Cuando pensamos en el origen de los dibujos animados, la mente suele viajar de inmediato a Mickey Mouse en Steamboat Willie (1928) o a los primeros cortos de los hermanos Fleischer. Sin embargo, dos décadas antes de que el ratón más famoso del cine aprendiera a silbar, una pequeña figura de trazos blancos sobre fondo negro ya desafiaba las leyes de la física en una pantalla de París.
El 17 de agosto de 1908 se proyectó en el Théâtre du Gymnase de París Fantasmagorie, una obra de poco menos de dos minutos creada por el caricaturista e ilustrador francés Émile Cohl. Aquella función marcó el nacimiento del dibujo animado tradicional tal como lo conocemos hoy.
El truco visual detrás de la pizarra mágica
A simple vista, Fantasmagorie parece una animación dibujada con tiza sobre una pizarra escolar. La realidad detrás de su producción fue un ingenioso truco de laboratorio fotográfico.
Cohl dibujó a mano cerca de 700 ilustraciones sobre papel blanco con tinta negra, utilizando una mesa iluminada para calcar los movimientos cuadro por cuadro. Luego, fotografió cada lámina en película cinematográfica negativa y filmó cada dibujo en dos cuadros sucesivos (la técnica conocida en animación como «animar a doses»). Al invertir el negativo durante la proyección, los trazos oscuros sobre papel blanco se transformaron en líneas blancas luminosas flotando sobre un fondo negro absoluto.

Transformaciones continuas y humor absurdo
El título del filme rinde tributo a las fantasmagorías del siglo XIX, aquellos espectáculos teatrales donde se usaban linternas mágicas para proyectar siluetas fantasmales en movimiento. Cohl trasladó ese concepto al celuloide a través de una corriente de conciencia visual donde nada permanece estable.
La acción comienza cuando la propia mano del creador aparece en pantalla dibujando al protagonista: un pequeño payaso conocido como «Fantoche». A partir de ahí, el personaje entra a una sala de cine, discute con una espectadora cuyo sombrero gigante le tapa la vista, y se ve envuelto en una serie de metamorfosis imposibles donde botellas de vino se transforman en flores, las flores en elefantes y los elefantes en casas.
El legado del padre del dibujo animado
Aunque pioneros como J. Stuart Blackton habían experimentado antes con efectos de tiza y animación de objetos en Humorous Phases of Funny Faces (1906), Fantasmagorie fue la primera película compuesta enteramente por dibujos animados secuenciales que contaban una historia gráfica completa y fluida.
Contratado por el estudio Gaumont, Émile Cohl llegó a realizar más de 250 producciones animadas y mixtas entre 1908 y 1923, de las cuales solo sobreviven unas 37 copias archivadas. Entre sus títulos más destacados se encuentran Le Cauchemar du fantoche (1908), Un Drame chez les fantoches (1908) y Le Peintre néo-impressionniste (1910), donde satirizó las corrientes pictóricas de su época.
A pesar de haber sentado las bases operativas y narrativas de la animación mundial, Cohl murió en enero de 1938 en la pobreza y en un relativo olvido público, pocos meses después de que los cines estrenaran Snow White and the Seven Dwarfs. Hoy, la historia del cine le reconoce su lugar definitivo: el ilustrador que le enseñó a dibujar al movimiento.
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