Robin Williams fue uno de esos intérpretes capaces de convertir una idea fugaz en una carcajada, y una carcajada en una emoción difícil de olvidar. Actor, comediante y escritor, construyó una carrera marcada por la improvisación, la energía escénica y una versatilidad que le permitió brillar tanto en la comedia como en el drama.
Nació el 21 de julio de 1951 en Chicago, Estados Unidos, y creció entre Michigan y el condado de Marin, en California. Antes de dedicarse de lleno a la actuación, pasó brevemente por Claremont College; después estudió en la Juilliard School de Nueva York, donde coincidió con Christopher Reeve en el programa avanzado dirigido por John Houseman.
De los clubes de comedia a Mork
Tras su etapa en Juilliard, Williams regresó a California y empezó a llamar la atención en clubes nocturnos gracias a un estilo vertiginoso: asociaciones inesperadas, voces, acentos e improvisaciones que parecían no tener límite.
Ese talento lo llevó a la televisión. Su aparición como Mork, un extraterrestre del planeta Ork, en la serie Happy Days fue tan bien recibida que el personaje obtuvo su propia producción: Mork & Mindy. La comedia se emitió entre 1978 y 1982 y convirtió a Williams en una figura popular de la televisión estadounidense.

Un actor mucho más allá de la comedia
El salto al cine llegó con Popeye (1980), dirigida por Robert Altman. Aunque la película no tuvo el impacto esperado, abrió una puerta importante para Williams. Poco después, en El mundo según Garp (1982), demostró que su talento no dependía únicamente del humor desbordado.
Su consagración como actor dramático llegó durante la siguiente década. En Good Morning, Vietnam (1987) interpretó a un locutor de radio del ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam; en La sociedad de los poetas muertos (1989) se convirtió en el profesor John Keating, uno de los personajes más recordados del cine sobre educación; y en El rey pescador (1991) encarnó a un hombre sin hogar marcado por un trauma profundo.
Por esas tres películas fue nominado al Óscar como mejor actor. Finalmente, ganó la estatuilla como mejor actor de reparto por su interpretación del psicólogo Sean Maguire en En busca del destino (Good Will Hunting, 1997), dirigida por Gus Van Sant y escrita por Matt Damon y Ben Affleck.

El Genio de Aladdín y el poder de improvisar
La capacidad vocal de Williams encontró uno de sus mejores escaparates en Aladdín (1992), donde dio voz al Genio. Su interpretación combinó imitaciones, referencias culturales y cambios de registro que ayudaron a definir la personalidad del personaje.
Los realizadores Ron Clements y John Musker contaron con numerosas horas de material grabado durante las sesiones de voz. Esa libertad creativa convirtió al Genio en una figura irrepetible dentro de la animación de Disney y en una muestra de hasta dónde podía llegar Williams cuando tenía espacio para improvisar.

Personajes que permanecen
La filmografía de Robin Williams también incluye títulos tan populares como Despertares (1990), Hook (1991), La señora Doubtfire (1993), Jumanji (1995), Patch Adams (1998), El hombre bicentenario (1999) y Una noche en el museo (2006).
Su magnetismo estaba en los contrastes. Podía interpretar a una niñera inolvidable con una precisión cómica extraordinaria y, en la misma etapa de su carrera, construir personajes vulnerables, silenciosos o heridos. Esa combinación explica por qué su obra sigue conectando con espectadores de distintas generaciones.

Un legado que también inspira conversación
Robin Williams murió el 11 de agosto de 2014, a los 63 años, en Tiburon, California. Tras su muerte, la autopsia identificó enfermedad difusa por cuerpos de Lewy, el término neuropatológico asociado a la demencia con cuerpos de Lewy.
La condición, que no había sido diagnosticada correctamente durante su vida, puede afectar el pensamiento, el estado de ánimo, la percepción y el movimiento. Su caso ayudó a ampliar la conversación pública sobre esta enfermedad neurológica y sobre la importancia de buscar información médica confiable y acompañamiento especializado.

Más allá de los reconocimientos —incluidos un Óscar, dos premios Emmy, cuatro Globos de Oro y cinco Grammy—, el legado de Robin Williams vive en personajes que invitan a reír, pensar y mirar con más empatía a quienes nos rodean. Su obra recuerda que la comedia y la emoción no son opuestas: a veces nacen del mismo lugar.
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