Horrores Humanos: La historia de Rudolf Hess, el último líder nazi

El 17 de agosto de 1987 fue encontrado sin vida el cuerpo de Rudolf Hess, el último representante del terror nazi. Tenía 93 años y a pesar de estar prácticamente inmovilizado por la artritis, todo indicaba que se trataba de un suicidio -algo bastante común en la mayoría de los mandatarios del Tercer Reich-, sin embargo, su muerte nunca quedó del todo clara.

El prisionero más antiguo de la Segunda Guerra Mundial ponía fin a casi cincuenta años de encierro en Spandau, «la prisión mejor protegida del mundo», después de que fuera condenado en el Juicio de Núremberg por las decisiones tomadas como ministro Hitler.


¿Quién fue Rudolf Hess?

Rudolf Hess, nació en Alejandría, Egipto el 26 de abril de 1894, hijo de Fritz Hess, un hombre extremadamente disciplinado y estricto, al estilo más antiguos de los alemanes de fines del siglo XIX .

Fue instruido primero con tutores privados y luego en el colegio alemán de su ciudad natal hasta los 14 años, edad a la que ingresó en un internado juvenil de Bad Godesberg. Recibió formación para los negocios, profesión que su padre deseaba para su hijo; después estudió Ciencias Políticas, como su padre, que había pensado en las leyes para él. Posteriormente asistió a la Escuela Superior de Comercio de Neuchâtel en Suiza, a fin de adquirir los conocimientos necesarios para hacerse cargo de la empresa familiar.

Rudolf Hess, fue un joven muy serio y solitario, características que permanecerían en él durante toda su vida. Rudolf no tenía las aptitudes que tenía su progenitor para manejar los negocios de la familia. En 1914, con el ultimátum que Austria le dio a Serbia, llegó su oportunidad de independizarse.

Al comenzar la Primera Guerra Mundial, a punto de ingresar en la Universidad de Oxford, se alistó en el ejército alemán como voluntario del 7° Batallón de artillería bávaro y en sus primeros combates obtuvo la Cruz de Hierro por dos heridas, una de ellas grave en el pulmón izquierdo. Luego sirvió en la 34ª Escuadrilla de caza bávara, llegando al grado de teniente.

Después de la guerra se inscribió en la Universidad de Múnich para estudiar Economía, donde acostumbraba a distribuir panfletos antisemitas.

Fue en el arma aérea donde Hess alternó con gente de clase media que tenía influencias nacionalsocialistas. Por ello, sin esperar mucho, el 01 de julio de 1920, ingresó en el NSDAP (Partido Nacionalsocialista), como el miembro No. 16.

En la Primera Guerra Mundial, Alemania había sido derrotada en el campo político pero no en el militar. Ese hecho fue fundamental para Hess y muchos otros miles de alemanes que abrazaron el Nacionalsocialismo, entendiendo que era la corriente salvadora de la patria. Como miembro paramilitar fue en Munich donde cruzó su camino con el de otros dos hombres, que marcarían su destino: Karl Haushofer y Adolf Hitler.

Haushofer fue uno de los comandantes de Hess durante la Gran Guerra y también fue profesor de geografía política y uno de los propulsores de la teoría del “Espacio Vital”, que influyó no sólo en Hess sino en el NSDAP en conjunto. Haushofer tuvo estrechas relaciones con la élite británica que más tarde le serviría a Hess, para intentar tender los puentes para llevar su iniciativa de paz.

Entre los grupos nacionalistas de Munich, estaba el Partido de los Trabajadores Alemanes, bajo el liderazgo de Anton Drexler. En uno de sus primeros encuentros con el partido, Hess asistió y tuvo la oportunidad de escuchar el encendido discurso de un condecorado veterano de las trincheras: Adolf Hitler. Hess no pudo resistir el encendido y emocional verbo de Hitler. Se plegó a la causa de Hitler y sus seguidores.

El 09 de noviembre de 1923, participó en el Hitlerputsch y fue sentenciado a 2 años y medio de cárcel en la fortaleza de Landsberg, mientras el NSDAP colapsaba en el exterior. Hess, en esos momentos Secretario Privado de Hitler, colaboró con en el manuscrito del libro “Mein Kampf” (Mi Lucha) y después fue liberado el 31 de diciembre de 1924.

Después fue comandante de un batallón de las SA. En 1925 fue secretario político de Hitler, dando comienzo así sus actividades políticas; además escribió sobre él un ensayo titulado Cómo debe ser el hombre que conduzca a Alemania a su antigua grandeza.

Cinco años después fue designado Presidente del Comité Central Nazi y, en 1933, elegido como parlamentario del Reichstag (parlamento alemán). Al ascender Hitler al poder como Führer, fue designado jefe del Partido Nazi y Ministro de Estado, ocupando casi todas las carteras, excepto de guerra y política exterior, y se convirtió en segundo en la jerarquía nazi, antes incluso que Joseph Goebbels; a pesar de estos cargos Hess nunca presentó un perfil de líder. Fue considerado como la «cara amable» del régimen nazi. Organizó los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 y mantuvo una estrecha amistad con Leni Riefenstahl, la documentalista de Hitler.

El vuelo que cambió el rumbo de la vida de Hess

Luego de los primeros bombardeos de Alemania, el 10 de mayo de 1941, hace su controversial vuelo. Hess voló (en solitario) en un bimotor Bf 110 rumbo a Escocia. Logró burlar la vigilancia de las patrullas de la RAF y se lanzó en paracaídas, donde fue hecho prisionero pese a sus alegaciones de que había ido allí para iniciar conversaciones de paz.

Su llegada produce un enfrentamiento entre facciones políticas en Inglaterra. Pero, más puede Churchill, quien amenaza con acusar de traición a la patria, a quien trate de pactar cualquier acuerdo con Hess. La suerte está echada para Rudolf Hess que es encarcelado por el resto del conflicto hasta el final de la guerra.
Hay muchas especulaciones al respecto. Algunos argumentan sólidamente que era un plan premeditado del propio Adolf Hitler para buscar la paz con el Reino Unido, ya que tras la Operación Barbarroja tendría que lidiar en dos frentes. Otros creen que fue una iniciativa propia, de la cual el Führer tenía algún conocimiento y, aunque se mantuvo al margen, tampoco la obstaculizó.

Al pisar Escocia, Hess comunicó su deseo de llegar a un acuerdo de paz con los británicos y advertir que traía un mensaje del Führer. Inmediatamente fue hecho prisionero por la Home Guard, para ser recluido posteriormente en la Torre de Londres hasta el final de la guerra.

Las razones por las cuales Hess viajó a Escocia se pueden resumir, en que él estaba convencido que una guerra en dos frentes sería fatal para Alemania. Tenía relaciones en Inglaterra debido a su estrecha amistad con Haushofer. Su pasión por el NSDAP, lo forzaban a buscar la mejor salida, que era hacer la paz con Inglaterra para atacar a Rusia y obtener así el “Espacio Vital” que, según Haushofer, era imprescindible para Alemania. Su carácter y educación lo alejaban de las trampas burocráticas del Partido Nacionalsocialista. No era hombre de ganar puntos ni hacer favores basándose en la intriga política, pero no tenía poder a nivel del Estado, tal como lo tenía, por ejemplo, Goering. En ese momento, las voces más significativas estaban en un nivel distinto al del Partido.

La condena

Luego de finalizar la guerra, en Nuremberg, el 01 de octubre de 1946, Hess fue sentenciado a prisión perpetua, debido a que todas las decisiones ministeriales de todos los ministerios, excepto guerra y exteriores, llevaban su firma. Eso quizás le salvó la vida, pero no lo libró de la segunda pena máxima después de la de muerte.

El 18 de julio de 1947, fue transportado a la Prisión Militar Aliada en Berlín-Spandau, donde de por vida, debían turnarse los custodios aliados, para vigilarlo.

Desde 1966 hasta 1987 fue el único inquilino de aquella fortaleza controlada por las cuatro potencias vencedoras y proyectada para albergar a 500 prisioneros. En ella estuvieron recluidos muchos de los líderes nazis sentenciados también en Núremberg, pero fueron muriendo o siendo liberados hasta 1966. Los dos últimos: Albert Speer y Baldur von Schirach, ministro de guerra y líder de las Juventudes Hitlerianas, respectivamente.

Pero la condena de Rudolf Hess era de cadena perpetua y desde 1966 le vigilaban a él solo 600 soldados rusos, estadounidenses, británicos y franceses, además de 50 agentes de Alemania Occidental, en una prisión de 696 celdas.

Las medidas de seguridad para un hombre que ya era anciano eran impensables: la circundaba una primera línea eléctrica, luego un muro de seis metros de altura que contaba con numerosas cabinas acristaladas de vigilancia y, por último, un contramuro de cinco metros de alto que, durante la noche, lo iluminaban potentísimos focos.

Inútiles fueron los esfuerzos de miles de personas por liberar a Hess, incluso apelando al principio de que todo condenado a prisión perpetua había sido liberado, 20 o 25 años después. Ni su edad fue causa suficiente, pues durante 40 años siempre los soviéticos se opusieron a la clemencia, aún cuando contaba con más de 90 años de edad. Los soviéticos nunca le perdonaron que intentara la paz con Inglaterra para poder derrotar a la URSS en un solo frente.

Según la versión oficial de la primera autopsia, Hess había muerto estrangulado con un cable eléctrico, alegando que se trataba de un suicidio. Pero la familia dudó de la tesis oficial y encargó una segunda autopsia, que determinó que su muerte fue por asfixia y no por suspensión. Desde entonces, el misterio rodeó siempre la muerte del político nazi, dudándose entre la tesis oficial del suicidio y la del asesinato.

Dos años después de aquello, el gobierno de Margaret Thatcher se negaba a facilitar a la Policía británica los informes relativos a las sospechosas circunstancias de su muerte, tales como los que recogía la investigación oficial realizada por los servicios de información de las Fuerzas Armadas.

La sombra del misterio sobre el suicidio del que fuera la mano derecha del «Fuhrer» crecía. Según la BBC, una enfermera que cuidó del dirigente alemán durante sus últimos cinco años de vida, el prisionero fue asesinado. Y según el funcionario que halló el cuerpo 40 minutos después de que falleciera, el reo mostraba huellas de un forcejeo para defenderse, además de asegurar que sus manos se hallaban completamente inutilizadas por la artritis y «no podía hacer ni el nudo de los zapatos».

Comparada su vida con la de otros condenados de Nuremberg, la de Hess sólo había sido fanática y extravagante. No se pudo contar de él ningún horror. Sin embargo, no hubo indulto, ni misericordia, ni olvido para Rudolf Hess. Nada pudo convencer a Moscú de que fuese misericordioso con Hess. Nadie en la URSS quería olvidar los veinticinco millones de muertos en la contienda contra Alemania. Hess fue el símbolo viviente para el desquite por los grandes sufrimientos pasados. El mundo no estaba dispuesto a olvidar.

Espera pronto una nueva entrega con otro de los @HorroresHumanos, que nunca deben ser olvidados, para así jamás ser repetidos.

Con información de: Wikipedia / ABC / exordio.com

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