El horno microondas: del laboratorio a la cultura pop

Parte de nuestra evolución como sociedad está íntimamente relacionada con los avances tecnológicos. Visionarios como Thomas Alva Edison o Steve Wozniak son paradigmas fehacientes de cómo los inventos pueden cambiar la manera en que nos enfrentamos a las tareas cotidianas, una vez que llegan muy difícil imaginar que no estén con nosotros; en este sentido entendemos la importancia de muchos artilugios que nos acompañan en nuestro quehaceres.

Uno de los inventos más curiosos, y que generalmente pasa desapercibido es el horno de microondas. Hoy en día, esta pequeña caja con la que podemos calentar y cocinar alimentos está presente literalmente en millones de hogares en todo el mundo, una alternativa que en sus inicios, si bien mostraba mucho potencial, estaba muy lejos de convertirse en un fenómeno.

El responsable directo del descubrimiento del uso de microondas para labores domésticas se le atribuye al ingeniero Percy Spencer. En el año 1945 se encontraba investigando la aplicación de un magnetrón para radares, cuando en uno de sus experimentos se percató que un chocolate que llevaba en su bolsillo se le había derretido. Por supuesto que esto llamó la atención de Spencer, por lo que realizó pruebas con semillas de maíz y un huevo para despejar sus sospechas: el maíz se convirtió en cotufa y el huevo estalló por la presión.

Spencer continuó experimentando. Posteriormente, construyó una caja de metal para así incrementar la energía del campo electromagnético confirmando que los alimentos se hacían cada vez más calientes. Todos estos datos contribuyeron a que la empresa Raytheon Company -lugar donde prestaba servicio Spencer- solicitara la patente para la utilización de microondas en los alimentos.

¿Por qué se calientan los alimentos? Pues, muy sencillo. Las ondas generadas por el magnetrón hacen vibrar las moléculas de agua contenidas en los alimentos, aumentando así la temperatura, y como mucha de nuestra comida tiene agua, era obvio pensar en poder cocinar.

Si estás pensando, que a finales de los años 40s los microondas eran como los que tenemos ahora en nuestros hogares, estás muy equivocado. Los primeros hornos eran más grandes que una lavadora actual, y más pesados; aparte necesitaban de un sistema de enfriamiento que no los hacía para nada elegantes. Aquellas personas que veían en este trasto, una refinada y moderna pieza tecnológica tenían que pagar más de 4 mil dólares, por lo que era evidente que no gozaran de demanda. No fue hasta mediados de los años 70s que el horno de microondas tuvo aceptación gracias al desarrollo de un magnetrón que no tuviera necesidad de sistemas de enfriamiento adicionales, y a la desaparición de muchos mitos relacionados con la “exposición venenosa a radiaciones”, permitiendo la miniaturización de las unidades hasta lo que conocemos ahora.

El horno de microondas se ha ganado un lugar en nuestros hogares y en la cultura pop, gracias a su capacidad para poner a punto nuestros platos de comida, y a mitos urbanos en los que se relatan experiencias directas con la “Paradoja del abuelo” o “Paradoja del viaje en el tiempo”, producidas presuntamente por un inofensivo microondas doméstico… Pero esa es otra historia…

Por Ed Vera | @vid1ka | Culturizando

Con información de: AmericanRadioHistory| Ideafinder.com | Ideafinder.com

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